Crónica del puerto de Veracruz

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                                                                                   Carlos Priego 

La forma en cómo recuperamos el pasado

tiene consecuencias en la forma en cómo se percibe el presente.

Geoff Eley.

La crónica es un género literario que está íntimamente ligado al periodismo. Su propósito es reproducir sucesos –mediante un relato-, coloreando los hechos, con la intención de que el lector reviva un acontecimiento. Puede tener varias funciones: enseñar y explicar, dividir y entretener, comunicar ideas, convencer y juzgar, incluso salvar del olvido, pero sobre todo es un esfuerzo para encontrarle lógica y sentido al mundo.

       Diría Rosa Beltrán que junto con el teatro de evangelización, la crónica da origen a la literatura en México. Eso es verdad, puesto que habla mejor que ningún otro género de los mexicanos, toda vez que recoge y representa lo que compone lo esencial de la cultura de éstos.

       Podemos decir que semejante tradición literaria comienza con textos como el Popol Vuh y los Chilam Balam –aunque no son crónicas en términos estrictos-, porque en ellos ya había la necesidad de registrar todo lo que componía la vida de aquella época. Más adelante, en la época de la Conquista, los soldados y los misioneros que llegaron al Nuevo Mundo observaron “cosas nunca antes vistas”. Así, la necesidad de dar a conocer y entender lo que les rodeaba, propició el registro de estas otras realidades en textos fundamentales como las Cartas de Relación, de Hernán Cortés; la Historia verdadera de los sucesos de la Conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo; Historia General de las Indias, de Bartolomé de las Casas; por mencionar varios.

       Crónica del puerto de Veracruz (Universidad Veracruzana, Veracruz, México, 2019, 252 pp.), continúa esta tradición. Son 122 testimonios (¿relatos, capítulos de novela, fragmentos de biografía?), cuyo eje rector es la historia multívoca, pues conjuga estructuras, climas, tonos, descripciones, diálogos y escenas para contar circunstancias en ocasiones cotidianas, en ocasiones particulares, pero siempre excepcionales.

       A partir del uso de las técnicas de la ficción para contar algo, Fernando Benítez y José Emilio Pacheco –autores de esta obra-, establecen una relación de complicidad con el lector. Así, en esta especie de charla desfilan lo mismo Hernán Cortés que el pirata Lorencillo, así como anécdotas que nos cuentan el origen de la palabra jarocho, o historias como la del médico cubano Carlos Finlay, quien descubrió que la fiebre amarilla que azotó al puerto veracruzano durante años, no se debía a malos hábitos higiénicos y sí a su transmisión por parte de un mosquito.

       Saltan a la vista varias de las cualidades de estos textos. Los autores son rigurosos con la información, pero creativos, en el entendido de que toman elementos de la ficción para contar una historia real, y con esos elementos montan una estructura tan atractiva como la de una novela o un buen cuento. La potencia de todas estas historias reside en el hecho de que son precisamente reales, es decir, sucedieron. Estos textos se publicaron por primera vez en 1986 por el gobierno del estado de Veracruz, y ahora han sido reeditados por la Universidad Veracruzana en el marco de los quinientos años de la fundación del puerto.

       Vale la pena este esfuerzo editorial –digo yo-, porque cada línea del libro lleva la marca de lo permanente. En él, las imágenes están construidas para perdurar, toda vez que la magia de estos estupendos escritores convence al lector de que los textos son copias perfectas de la realidad. Revivimos entonces a un Juan de Grijalva escuchando por primera vez el sonido tintineante de la palabra “México”, en el momento en que le preguntó a los nativos por el lugar de donde provenía el oro; imaginamos igual a los corredores de campo, a los correos, dando la noticia a Cortés de que los templos y las casas de Zempoala eran de plata pura; participamos como observadores en la asamblea donde coincidieron los piratas Agrammont, Lorencillo, Van Horn, Michel y Pedro Bot, y en la cual afinaron detalles para atacar el puerto de Veracruz; observamos al geógrafo teutón Alejandro de Humboldt dejar su carga de pájaros, reptiles y códices para comenzar a trazar los mapas y medir el comercio del puerto; e incluso añoramos en forma cálida a Francisco Rivera, el famoso poeta y decimista Paco Píldora, quien inmortalizaría mejor que nadie el Barrio de la Huaca, sin olvidar su cercanía con el danzón; aparte de que sentimos con dolor la destrucción de la muralla que rodeaba al puerto –y que lo protegía de los piratas-, ante la llegada del ferrocarril. En suma, gracias a la voz comprometida y erudita de los maestros Benítez y Pacheco, ¿cómo no gozar de obras y acciones tan cercanas a la emoción de los veracruzanos, como las ya descritas y otras semejantes, entre las que podemos señalar los orígenes del café La Parroquia, además del comercio arrieril y uso médico y culinario de la nieve del Citlaltépetl?

       No podemos dejar de hacerlo, y eso se agradece, sin importar el hecho de que la escritura original no haya tenido más ambición que ésta: servir como pie de grabado a diversas imágenes antañas del puerto más importante de la nación mexicana, Veracruz.   

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