Un hondureño muy mexicano

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I de III

Ludmilla Valadez Valderrábano

Ofrezco aquí varias crónicas sobre la ciudad de México, escritas por un viajero, funcionario administrativo, diplomático, historiador y periodista centroamericano, quien vivió en nuestra República durante la primera mitad del siglo XX. Producto de esa estancia, le resultó un amor muy profundo por este país, el cual recorrió en múltiples ocasiones, levantando datos de sus gentes, de sus características económicas, de sus paisajes, sus leyendas, sus tradiciones.

       Inicio con la semblanza del personaje, misma que leí el 29 de julio de 2013 en Tegucigalpa, Honduras, como discurso de ingreso a la Academia de la Lengua Hondureña, en calidad de Miembro Correspondiente, distinción que otorga esta nación a personas oriundas o extranjeras que no residan en dicho país, pero que contribuyen al proceso de investigación y difusión de su literatura.

Rafael Heliodoro Valle. Breve anecdotario con base en su archivo personal

Ubicada al pie del cerro del Picacho, en la cuenca formada por el Río Grande o Choluteca, Comayagüela vio nacer a Rafael Heliodoro Valle Hernández un 3 de julio del año de 1891, ese año en el que se gestó en Alemania la Asociación Pangermánica, se dio a conocer en Roma la trascendental encíclica Rerum Novarum, se fundó en Berna, Suiza, la Oficina Internacional de la Paz, se proyectó la catedral de la Sagrada Familia en Barcelona, España, y se publicaron El crimen de lord Arthur Saville, de Óscar Wilde, y Aventuras de Sherlock Holmes, de Arthur Conan Doyle, entre otros acontecimientos importantes.

       Hijo de un carpintero y de una profesora normalista, tuvo al parecer una infancia humilde pero no por ello terrible o crítica, en la que su abuela materna lo educó en los valores de la solidaridad y la religiosidad católica, aspectos que lo acompañarían durante toda su vida.

       Humilde no significa desharrapada, miserable ni mediocre, sino sencilla y agradecida con los honores y favores que da la vida en cualquiera de sus vertientes: política, económica, social, cultural, por citar algunas. Por ende, sabedor de ello, Valle no tenía empacho en darle un valor real a sus orígenes, sin falsas modestias y sin inventarse prodigios. Así se lo comentó en algún momento por ejemplo a su amigo Roberto Brenen Mesen, vía epistolar:

Soy el hijo de una familia pobre, pero honrada, y en la que tenemos para honor constante tres antepasados ilustres en la cultura centroamericana. El P. Simón de Zelaya, que construyó personalmente y con su dinero la catedral de Tegucigalpa; el P. José Trinidad Reyes, el primero que pulsó en serio la lira, introdujo a Tegucigalpa el primer piano, fundó la primera universidad de Honduras y escribió las célebres “Pastorelas”; y el Dr. Don Ramón Rosas…. orador y polígrafo…. Me crió mi abuela materna, una señora que oía misa todos los días y rezaba novenas (yo la ayudaba en tales tareas).

Este hombre de pensamiento y cultura universal realizó sus estudios básicos en su región natal; ahí también cursaría clases en el Instituto Nacional de Tegucigalpa, hasta que en 1906 se matriculó en la Escuela Normal de Varones, de la que salió con una vocación definitiva: el mundo de las letras. Con base en ello no tardó en ensanchar sus espacios de búsqueda y anhelar otros horizontes, donde esperaba dar énfasis a sus aspiraciones intelectuales. Es voz común el hecho de que entre los privilegiados quien busca encuentra. Por ello Valle no desaprovechó la promesa de beca que le ofreció el gobierno de su país y el 6 de febrero de 1908 salió para México en compañía del cónsul de esta nación, Manuel Gutiérrez Zamora.

       Era un viaje anhelado, ansiado, buscado, pero esto no implica ni quiere decir que fuera fácil, y mucho menos para un espíritu romántico como el de nuestro personaje. En un escrito titulado “Pensando en México”, sito en el Archivo Rafael Heliodoro Valle que alberga la Biblioteca Nacional de México, se plasman con exquisitez las múltiples emociones a las que se sometió en este periplo: ¿cómo olvidar la casa de naranjos fragantes, la de la abuelita argentada, la del pícaro loro verde y tornasol, la de la perra de ébano que, brincando junto a la mula de viaje, protestaba por la salida, por el abandono? ¿Cómo superar el dolor de la partida? Con una única receta, la de la ilusión:

¡Adiós, cosas queridas del alma, que no os puedo llevar! Adiós mi madrecita que espera; mis montes, el río azul, las limonarias, el sol haciéndose girasoles y pavorreales, la luna en jazmines del Cabo…. Os dejo mi primera congoja. Y me visto la túnica de mi blanca ilusión para iniciar la romería sentimental y dorada. Camino en pos de la poesía, hostia y elixir que también probaron mis abuelos. Te recuerdo sobre esta página, poeta y cura José Trinidad Reyes, de quien vengo. ¡Madrecita, adiós!

En el camino, Valle se llena de calor, de color, de ensueño, un ensueño que tiene por base a la historia y a la geografía, las que se conjugan en la certera fuerza de la palabra. De esta manera nos ofrece descripciones plenas de los sentimientos que le embargan las tierras que llenan sus ojos, las de la patria y las de su destino:

Amapala:

Vienen cantando a coro las islas de la constelación, anegadas en esta luz de seda. Amapala es un montón de palomas que huyendo de la borrasca se detuvieron aquí.

Tehuantepec:

En Tehuantepec, sobre el golfo arcano, a las doce de la noche. Dejé atrás los volcanes de Guatemala que pude contemplar desde a bordo. Hace noche de luna, una mística noche en que siento ganas de rezar. Vamos ya en aguas mexicanas, aguas de anhelo. La brisa trae sal y la costa pone su raya precisa, a quinientos metros de distancia.

En el Valle de México:

Es el Texcoco un pedazo de cielo junto a la cordillera. Otumba me recuerda a don Hernán Cortés. San Juan de Teotihuacán a los toltecas por esas pirámides que continuamente se están elevando a la nube. Pasaron. El tren corre, entre la neblina. Es de mañana. Estamos ya frente a México. Xóchitl es flor. Éste es el país de Xóchitl. Hasta donde vinieron las cigarras antiguas del Popol-Vuh, las que habitaban la montaña nácar y rosa donde florece el maíz blanco…. Y el Popocatépetl se destaca en la clemencia del cielo azulado, bajo la infinita humildad del sol, junto a la montaña-mujer, que, como un poema de nieve, como un camafeo de plata y nubes, siente sobre la fimbria de su veste la lluvia de las rosas del celeste jardín azul.

Mas sin en el viaje predominó la esperanza, la instalación y el vivir en la otrora región más transparente –léase Carlos Fuentes-, no fue en lo absoluto fácil. La ayuda del gobierno hondureño resultó una quimera, el apoyo del cónsul mexicano fue efímero, por lo que no tardaron las sugerencias para que regresara al terruño. Hombre de temple, sujeto de carácter que sabía que no estaba para paseos sino para luchas, se negó al abandono y buscó nuevas ayudas, contando siempre con el apoyo de sus padres y de algunos amigos dilectos.

       Consiguió de esta manera mediante el señor Benigno Díaz Salcedo, un trabajo como profesor en una escuela primaria nocturna, en la que con un horario de siete a nueve ganaría cincuenta pesos al mes. Inició además sus pininos en la prensa, comentando asuntos de Centroamérica en el periódico La Iberia, cuyo director Alberto Beteta lo premió además con diez pesos por una crónica de la fiesta de periodistas del 13 de noviembre de 1908; y colaborando en el impreso La República, del cual recibía treinta pesos mensuales. Ya con dinero, el casi veinteañero Heliodoro se dio a recorrer los alrededores de la antigua Tenochtitlan. Sabemos al respecto que uno de los sitios que más le impactó fue la zona arqueológica de Tula, a la que ubicó como parte de la cultura olmeca, con sus magníficos Atlantes.

       Franco y abierto, Valle Hernández no tardó en figurar en el ambiente intelectual de la capital mexicana, y mucho menos se le complicó el asunto pues contó casi desde su arribo con el apoyo y el estímulo del reconocido poeta Juan de Dios Peza, de cuya hija Ernestina se enamoró aquél, valga el comentario.

       Según su propio testimonio, uno de los momentos más trascendentes de ésta su primera estancia en la también llamada nación azteca, ocurrió en el año de 1910, en el día de la inauguración del nuevo edificio de la Escuela Normal, en Tacuba:

En la mañana fue la inauguración del nuevo edificio de la Normal en Tacuba, y en tal fiesta el director me encomendó la poesía. Estaba el presidente Díaz, su gabinete, su señora –regia como un lis-, siete embajadores, los cinco ministros de Centroamérica, auditorio distinguido. Una orquesta magna. Mi “Elogio del Maestro” fue ovacionado. Doña Carmen Romero Rubio de Díaz me sonrió al bajar de la tribuna; lo demás fue adorable para mi corazón. Mi periodista cubano, Cañizares, me quitó el poema para enviarlo a la prensa de la isla; siguieron abrazos. El ministro de Honduras, Dr. Córdova, me agasajó con un almuerzo en Chapultepec, lo demás lo dijeron el champaña y las rosas.

Cuando el éxito le iluminaba la cara, cuando los reconocimientos empezaban a cimentar su nombre en México, vino la revolución maderista a darle un traspié. ¿Miedo? No lo sé. ¿Prudencia? Quizá. El caso es que en 1911 Heliodoro Valle regresa a su entrañable terruño obligado en cierta forma por sus padres, pese a que su deseo era el de trasladarse a Europa:

Pienso que mi permanencia en Honduras será breve. Si yo no tuviera los lazos de mis padres que me sujetan para volar, de aquí me iría a Europa, aunque fuese de criado. La patria se le quiere saliéndose de ella para traerle energía del exterior y yo quiero así a la nuestra.

De 1911 a 1914 se quedó en Honduras, donde por algunos meses de aquel año se encargó de la Secretaría de Educación Pública; luego comenzó a involucrarse en el mundo de las relaciones internacionales, consciente de que este camino era el más seguro en todos sentidos para viajar en pro de la patria hacia otros países. Finalmente, en los últimos meses de 1914 y tras superar una fiebre palúdica, parte rumbo a Estados Unidos, para desempeñar un cargo diplomático en Mobile, Alabama. Como no era docto en el idioma inglés, se puso un término de cuatro meses para aprenderlo.

       Su preocupación en este asunto no era menor, ya que entendía que la lengua era el medio más a propósito para entender y comprender el ser y el sentir de las personas y de las sociedades:

La cuestión es saber el idioma de esta gente para acercarse a ella, a sus peculiaridades, deseos, ideales, todo eso que forma el alma viva de un pueblo.

Y vaya que se acercó a la sociedad norteamericana, pese a que desempeñó su cargo ahí por un periodo relativamente corto, debido a cuestiones económicas. Reconoció sus ciudades limpias, aseadas, pero tediosas, dadas a la grandeza como afán de inmortalidad, dadas a la historia de bronce que se magnifica en los eventos sociales, encantadores, eso sí, pero con tantos nombres relevantes que terminaban por ser expulsados de la memoria de los no escogidos, de los fuereños, de los extranjeros. Los imprescindibles eran no obstante cuatro, a los que se tenía que reconocer y tener presentes casi como un deber, como una obligación: Washington, Jefferson, Lincoln y Grant. Por razones obvias para un involucrado en la cultura, tampoco podía dejarse de lado el recorrido y la investigación en la Biblioteca del Congreso: “Esta Biblioteca es un templo, y quien viene aquí y no la conoce, ‘que se ahorque de un pino’”, afirmó Valle Hernández.

       Unos meses después terminó su primera misión diplomática en el siempre metiche país estadounidense, para pasar de inmediato en 1915 a Belice, donde desempeñaría el cargo de cónsul de su país con un sueldo mayor al anterior: ganando ahora ciento cincuenta pesos oro al mes. Ahí se quedó hasta 1917, radicando luego otros tres años en su terruño de origen, mas en 1921 volvió a México para colaborar con José Vasconcelos en la Secretaría de Educación Pública, compartiendo responsabilidades con este filósofo y con Jaime Torres Bodet.

      De 1920 a 1935 se dedicó de manera plena al mundo de las letras, sin dejar de lado ninguna de sus vertientes: literaria, histórica, periodística e incluso docente, por referir algunas. Brilló en todas, sin duda, dejando testimonio pleno de lo que era, un humanista que había gozado de todo lo que se debe, incluido el amor, ese sentimiento al que muchos doctos y supuestamente cultos le huyen dizque porque no es otra cosa que una pérdida de tiempo. Y vaya que don Heliodoro lo sintió como todos nosotros, los simples mortales: con sufrimiento, con nostalgia, con alegría, con emociones encontradas. Recordemos por ejemplo a su niña Ernestina, la hija de Juan de Dios Peza, con la que disfrutó caminar en Azcapotzalco, bajo las alamedas doradas por el crepúsculo; o la otra  niña, ésta de Tegucigalpa, que en 1917, con sus doce años a cuestas, valía, según el ya maduro Valle, “lo que vale Juana de Aragón”, por botón de rosa y por ser hija de quien fue presidente de Honduras. Tampoco podemos olvidar a Laura Álvarez, a quien conoció en 1937, y se casó con ella, cuando aún cursaba estudios de posgrado en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ni qué decir de la peruana Emilia Romero, con la que contrajo nupcias en abril de 1940, aunque en mi opinión este último fue un matrimonio primordialmente de conveniencia ya que don Rafael no se comprometió en lo absoluto en los preparativos, prefiriendo involucrarse en cuestiones académicas de todo tipo, que van desde gestionar la edición de su texto sobre la cirugía mexicana en el siglo XIX, entrevistarse con el director de Excélsior, preparar un seminario sobre bibliotecas, visitar la Biblioteca del Congreso, dar conferencias, etcétera. Me falta saber en qué amores anduvo este humanista durante la década y media que comprende los años de 1920 a 1935, pero no tengo la menor duda de que no careció de efusiones sentimentales de este tipo. Y digo me falta, porque aún tengo pendiente el definir qué tipo de relación llevó durante buena parte de este lapso con la escritora yucateca Dolores Bolio, pero de que se coqueteaban, se coqueteaban.

       Retomemos la academia y la cultura. En 1936 ingresó a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM para estudiar la maestría en Historia; luego viajó por cuestiones académicas junto con su esposa Laura a la Universidad de Stanford, California, para reintegrarse después a su actividad cotidiana en la ciudad de México.

       1939 fue un año difícil, debido al malogrado parto de cuyas resultas murieron su mujer y su hija. El agobio y la pena lo atormentaron de manera honda, mas logró sobreponerse debido a ese espíritu de lucha que siempre le acompañó y cuyo fundamento estaba en su capacidad de trabajo y en su fe religiosa, la que hacía de la resignación el motivo central de su valor. Así se lo dijo a su suegra Rosenda viuda de Álvarez en carta del 1 de noviembre de 1939:

Señora mía.

Aquí, al pie de mi cruz, resignado a llevarla toda mi vida, pienso en usted y me da valor su resignación. Laurita no se ha marchado, sino que la siento junto a mí, en cada uno de mis pasos, en cada pensamiento.

       No hablemos de lo que sufrió, porque en verdad que ahora está limpia de las impurezas de la tierra, libre de los dolores que no merecía. Me basta haberla servido como ella se lo ganó y me conforta iluminarme con su presencia continua. Y pienso en usted porque a usted debo ese tesoro de alma única, esa criatura que fue un ángel maravilloso y que un día volverá a juntarse conmigo en una eterna dicha.

Como sucede siempre, una cosa es el sentimiento y otra la necesidad. Por eso para cubrir ésta, creo yo, en abril de 1940 se casó con la peruana Emilia Romero. No sabemos si la quiso más que a su entrañable Laura, pero lo cierto es que fue con ella con quien compartió la madurez de la vida intelectual, misma en la que obtuvo estímulos tan rimbombantes como el Premio María Moors Cabot al mérito periodístico en 1940, el título de maestro en octubre de 1944, con su tesis “Antología de Santiago en América”; el grado de doctor en Historia en octubre de 1948, con el trabajo sobre el conquistador Cristóbal de Olid; miembro constituyente y bibliotecario en diciembre de 1948 de la recién fundada Academia Hondureña de la Lengua; y el nombramiento oficial en febrero de 1949, como embajador de Honduras en Washington, tomando posesión de sus oficinas el 3 de marzo inmediato.

       Sobre este último punto conviene precisar que realizó su gestión de 1949 a 1955, caracterizándose siempre por el apoyo que otorgó a la realización de los eventos culturales y políticos no sólo en beneficio de su país, sino de Hispanoamérica toda. No fue un diplomático frío y calculador, aquel que cuida cada uno de sus pasos para no romper las formas, sino un hombre ávido de conocimiento, capaz, muy capaz, de hacer del asombro su práctica cotidiana; como lo demuestra muy bien el diario que levantó en 1950 sobre su viaje de trabajo a Europa, recorriendo los afanosos lares de Francia e Italia. Don Rafael Heliodoro renunció de manera oficial a su labor diplomática en marzo de 1955, en protesta por el golpe de Estado que llevó a cabo en su país Julio Lozano, quien se declaró “dictador constitucional” tras desconocer al presidente Juan Manuel Gálvez.

       Después de esto Valle Hernández regresaría a México, en donde diversos males que le aquejaban lo obligaron a disminuir su ritmo de actividades, que no a dejar en el abandono su incesante sed de cultura, gracias a la cual contó con amigos de primer nivel y fama en muchas partes del mundo. En el caso de México, un buen número de éstos se reunieron en 1957 para homenajearlo por su media centuria de trayectoria periodística. Convocados por el Centro Mexicano de Escritores, se reunieron ahí Julio Jiménez Rueda, Alfonso Reyes, Jorge J. Crespo de la Serna, Francisco de la Maza, Javier Icaza, Manuel Peña Alonso, Juan Becerra Acosta, Salomón Kahan, Alfredo Cardona Peña, Salvador Azuela, Luis G. Basurto y Wilberto Cantón, entre otros.

       Cierro mi intervención señalando que este hombre tan ilustre de que me ocupo aquí dejó de existir un 29 de julio de 1959, poco después del triunfo de la revolución cubana. Murió en la en ese entonces todavía disfrutable y hermosa ciudad de México –así la tengo en mis recuerdos de infancia-, víctima de una hemorragia cerebral provocada por una hipertensión arterial esencial y por una arteriosclerosis generalizada y de vasos cerebrales, según el reporte médico.

       A este ciudadano de las cien caras y los mil y un seudónimos se le inhumó en el Panteón Jardín, acudiendo a sus funerales múltiples amigos y admiradores, entre ellos el poeta y político Jaime Torres Bodet, quien fue seguramente uno de los principales animadores e impulsores de que se le entregara a aquél la Orden del Águila Azteca, sin importar que fuera de manera póstuma.

       Concluyo ya con la siguiente afirmación: tengo para mí que quien definió con más exactitud a este hondureño universal fue el gran escritor Enrique González Martínez, el del plumaje inmaculado (“hay aves que cruzan el pantano y no se manchan …”), el buscador de sonrisas, quien dijo de su amigo y colega lo siguiente, publicado en el Diario de Marina del 20 de diciembre de 1952, página 4:

Cuando piensa uno haberlo encontrado en el cronista ágil y fijo, se nos escabulle y aparece el investigador histórico que ha ido acumulando documentos y acopiando datos sin que se logre saber cómo ni cuándo, si se cree que su centro de acción es el periodismo, lo descubrimos en la cátedra, atento a su deber y pacientemente dedicado a la enseñanza, cuando estamos seguros de haber atrapado al bibliógrafo, nos tropezamos con el humorista, y éste se nos esconde para dejar su sitio al poeta.

Es todo. Muchas gracias.

[Todas las fotografías de este artículo corresponden a la Hemerografía de la Independencia de México en el Fondo Rafael Heliodoro Valle. Universidad Nacional Autónoma de México. Instituto de Investigaciones Bibliográficas. Coordinadora: María de los Ángeles Chapa Bezanilla.]

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