Historia de una rana

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Ludmilla Valadez Valderrábano

Rafael Heliodoro Valle

II de III

Los mal informados creen que las ranas más melodiosas se encuentran en los nenúfares y en los marejales. Esto no es del todo cierto, cuando menos en la Ciudad de México. La rana más dulce y melodiosa en esta ciudad es la de los limpiabotas de la Plaza del Antiguo Colegio de Niñas, esquina de Bolívar y Venustiano Carranza. Pero esta rana, como debe suponerse, es una rana rica en historial.

       Cada día quince de septiembre los “boleros” que lustran los zapatos de los metropolitanos que se los han humedecido en “La lluvia de oro”, que está frente del jardincito, le dan un nuevo vestido de intenso verde-rana a la estatuilla trovadora que adoran. Y hay razón para esta veneración pues los boleros aseguran que basta con acogerse al radio de protección del simpático batracio, para que nunca les falte el pan de cada día.

       Una vez la rana tuvo que presenciar algo truculento. Una mujer apareció ahogada en la pequeña fuente que sirve de pedestal a la estatua. Se hicieron investigaciones. Los boleros estaban interesadísimos en que no fuera a sufrir la reputación de la rana. En aquel lugar de buenaventuranza, bajo la protección de su diosa era imposible que ningún ser humano por desgraciado que fuera pensara en quitarse la vida. Por fin los limpiabotas descansaron; los médicos legistas habían dictaminado que la pseudosuicida había sido muerta por inmersión en la fuente. La rana había salido rehabilitada.

       Un buen día, tal vez un funcionario público de esos que se especializan en cambiar los monumentos de lugar sin duda por ser dueños de agencia de mudanzas, tuvo la feliz idea de llevarse la rana a un lugar de Tacuba. Aquello fue un  golpe mortal para los limpiabotas  del jardín. Gestiones, idas y vueltas y ningún resultado. Por fin intervino la banca y el comercio de los alrededores y se consiguió de las autoridades correspondientes que se repusiera en su legítimo lugar a la rana paseadora -diría Silvestre Revueltas-,  y que se mandara mucho a Tacuba a la estatua de Sansón, que era la que había usurpado a la dulce tañedora de las piernas largas y traviesa cara encapuchada, que ahora se puede admirar ahí mientras los boleros lustran el calzado que se ha humedecido en “La lluvia de oro” de la esquina.

       Viajero que pasas por  “la región más transparente de la tierra”, detente un momento ante uno de los dioses que siempre han adorado los mexicanos y reflexiona que no estamos aquí de paso, sino que estamos para siempre y desde siempre. Metropolitano o provinciano mexicano que pasas sordo a las cosas de México y que sólo escuchas las bocinas de los automóviles made in U.S.A., detente a escuchar las voces de las cosas simples, como el culto a esta rana que proclama el triunfo de esta tierra y de este aire.

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