Café Jekemir: Haz el bien, mirando a quien

Resulta que el café es como el mezcal: sirve para combatir todos los males, y para estimular todos los bienes del cuerpo. Al menos eso dicen muchos de los seguidores del líquido, quienes le añaden la virtud antioxidante, misma que ayuda a retrasar las arrugas. Es probable que estén en lo correcto, pero a muchos no nos preocupa tal característica en lo absoluto, pues le entramos al café sólo por el estímulo que nos da su sabor amargo, el cual nunca contaminamos con la desparpajada azúcar. ¡Si hasta presumimos que un café con azúcar, pues ya no es café! Algunos incluso hacemos alarde de que, hasta la fecha, tampoco nos altera los nervios ni nos impide dormir.

       En México, la historia del cultivo de semejante producto no es de larga data, remontándose apenas a los primeros años del siglo XIX, en opinión del investigador Enrique Semo (Historia del capitalismo en México. Los orígenes. 1521-1763, editorial Era). Ello no quiere decir que la infusión no se preparara ni se sirviera desde antes, por supuesto, utilizando las remesas que traían los comerciantes españoles allende los mares. De igual forma, es en dicha centuria decimonónica cuando empezó a ganarse un lugar en el gusto público –compitiendo aún a escala menor con el chocolate-, dándole entrada a diversos establecimientos cuyos dueños eran extranjeros, en su mayoría franceses e italianos.

       Por medio de la prensa de la época, sabemos que entre las décadas de 1830 a 1860 el café se vendía en neverías, pastelerías, fondas y restaurantes, pero poco a poco fue ganándose un nombre y una denominación particular, con locales que no tardarían en alcanzar notoriedad debido a la atracción que ejercieron para la discusión intelectual, la plática de amigos, la vanidad y la conquista, entre otros asuntos. Por ejemplo, para los años porfiristas (1877-1910) fueron famosos el Colón, París, La Concordia y El Cazador, por referir los más solicitados por cronistas, políticos, periodistas, pollos, pollas, copetones, perfumadas y críticos del momento.

       Ya para el siglo XX, los giros cafeteros adquirieron relevancia por todos lados, hasta en las esquinas y en el puesto de doña Meche, como dice la canción ésa del gusto con piquete. Dentro de ese mar, hay aromas distinguidos, como lo es sin duda el del Café Jekemir, cuyo dueño nos comparte una porción de su historia de vida, un puñado de recuerdos que tejen constancia y entrega en torno a un oficio que se hizo a lo largo del tiempo, hasta devenir en una necesidad vital.

Me llamo Fred Guraieb Guraieb. Nací en San Jerónimo 99, en lo que es el Centro Histórico de esta ciudad capital. Era el año de 1930. Cerca de ahí está la iglesia de San Miguel, la cual tenía un callejón del mismo nombre. Las casonas que lo conformaban desaparecieron cuando hicieron los trabajos del Sistema de Transporte Colectivo Metro. Las tiraron. Es ahí por Izazaga, y recuerdo que había un cine Rialto, aparte de muchos comercios pequeños. Era una zona encantadora.

       Estudié la primaria en la escuela República de España, la cual luego cambió de nombre, pasando a ser la República de Perú. Ocurrió en los tiempos de Lázaro Cárdenas, justo cuando en España se dio la transformación política hacia la dictadura de Francisco Franco. El general Cárdenas estableció las tendencias socialistas, y eso se dio a conocer hasta en la educación. Allá iba yo, en la calle de San Jerónimo. Después continué mi formación en la secundaria número 1, que todavía existe en la calle de Regina.

       En esos rumbos pasé mi infancia. Éramos siete hermanos, algunos de los cuales nos íbamos a ayudarle a mi papá en el expendio de café que tenía en la calle de Uruguay, cerca de las Cruces y Correo Mayor, es decir a un paso de la Merced.

Mi papá era inmigrante de Líbano, un país chico de estilo europeo pues fue protectorado francés. Llegó a Veracruz en los tiempos en que terminaba la Revolución, alrededor de 1920. En el barco en el que vino viajaban otros de sus compatriotas, de los cuales unos se quedaron en algún puerto de Brasil, otros en Nueva York, y así. Sabemos que venían con él algunos Domit y otros Slim, como la mamá y el papá de Carlos Slim. No faltaron ahí los Kuri, según sé. Mi papá arribó a Veracruz porque ahí tenía un primo, un Grayeb, quien era dueño de una finca de café denominada Las Ánimas, misma que después vendería a Justo Fernández, aunque eso es otro asunto. Antes de este negocio, los Grayeb tuvieron tratos en el ramo de las importaciones, pero después se vino abajo. De ahí vino lo del café. Para la familia, el comercio siempre fue una buena posibilidad de subsistencia, por no decir la única.

       En aquel lugar, mi papá trabajó en la finca y se casó con Emma, mi madre, para después viajar a la ciudad de México con el propósito de industrializar el café, con tostadoras y molino. Ése es el origen del expendio. Lo estableció en esta zona del centro, y por eso aquí mismo se quedó a vivir. Hizo buena elección, pues éste es uno de los lugares más hermosos. De hecho, la casa donde nací era un verdadero monumento, una casa enorme, con fuente en el patio principal y un barandal precioso. Tenía muchas habitaciones, a las que entrabas de manera independiente. Lástima que en 1968 el licenciado Uruchurtu ordenara su demolición por culpa de las obras del Metro.

       Recuerdo que tendría como diez años, cuando me iba junto con mi hermano, de once, hacia el Zócalo. Ahí era la terminal del tranvía, todo un espectáculo con su doble carro. Nos subíamos al mismo y hacíamos la ruta por la calle Pino Suárez, luego por la avenida Chapultepec, hasta llegar a las rejas de ese bosque y la residencia de Los Pinos. De allá daba la vuelta al Zócalo, otra vez. Tengo muy presente que los edificios eran de una belleza suprema. Calles, callejones donde predominaban los estanquillos. Por supuesto que había tiendas grandes, pero no eran muchas. Por ejemplo, en Madero estaba el High Life, de ropa elegante; a su vez, en Isabel la Católica y Venustiano Carranza, creo, se ubicaban los Almacenes Francia; mientras que en 5 de Febrero se localizaba El Puerto de Veracruz.

       En ese tiempo, uno de mis lugares favoritos era el Jardín San Pablo, donde estaba la Cruz Verde; me gustaba debido a que en ese sitio me ponía a patinar y a jugar futbol. Sin duda, las cosas eran mejores y hasta el teatro era diferente, con tradición, como el Principal, que era ya viejo. Conocí todo eso porque caminaba por cualquier sitio, con una confianza que no tenía límites. En todo momento era seguro, incluso en la medianoche. Paseabas y no sucedía nada inconveniente, respetaban hasta las botellas que sacaba uno al zaguán. Pero ahora eso ya no ocurre, se acabó la seguridad. Sin embargo esta ciudad sigue siendo una ciudad muy hermosa. Dicen que es una ciudad sucia, pero yo conozco otras ciudades más sucias de las cuales no mencionan nada, como Nueva York. Ésa sí que es sucia.

       Nosotros no teníamos mucho dinero, pero hubo forma de salir adelante. Mi mamá cocinaba en un brasero, y nosotros compartíamos todo, hasta el trabajo, ayudándole a mi papá en lo del café. Por eso digo que el café es mi vida, pues crecí con él.

       En efecto, desde la primaria estoy en este negocio. Me acuerdo que al salir de la escuela, apenas terminábamos la tarea, nos íbamos al expendio. Luego, el sábado hacíamos encargos por La Merced, para ganarnos el derecho de ir el domingo a la matiné del cine Colonial. Era como nuestro premio. Fue ahí cuando conocí muchos actores, algunos de los cuales llegarían a ser muy reconocidos. Recuerdo por ejemplo a los hermanos Soler, con Fernando, Andrés y Domingo, principalmente, Sara García, Prudencia Grifell, Ernesto Alonso el Cachirulo, Tin Tán, Cantinflas, Esther Fernández, Pedro Vargas, el Che Reyes, Dolores del Río, la malinchista María Félix, entre otros.

       Junto con estos actores, también se destacaron en ese oficio algunos miembros de la comunidad libanesa: Antonio Badú, Antonio Matouk y los Yazbek.

       Badú era una persona simpática, platicadora y abierta. Vivía en la calle de Jesús María y venía en forma continua para ver a mi papá, a quien lo trataba como tío. Por su parte, Matouk pertenecía a una familia dedicada a la fabricación de pañuelos, y en el cine se dedicaba a la producción y a la dirección. En cuanto a los Yazbek, quienes vivían en el Centro Histórico, se destacaron Tufic y su sobrino Mauricio Garcés. Tufic era fotógrafo que tenía su estudio por la calle 20 de Noviembre; como retrataba celebridades del espectáculo, le ayudó a su sobrino para que ingresara a ese negocio. Mauricio era algo sangrón, y nosotros tuvimos cercanía con él debido a que su madre visitaba a la mía en forma frecuente. En un giro diferente, un hermano de Tufic hizo su fortuna en la elaboración de ropa interior, cuya marca es la del apellido.

Al terminar la primaria, cursé la secundaria y ya después me dediqué a trabajar, siempre en esta zona que me fascina.

       En 1950, un año después de la muerte de uno de mis hermanos, nos fuimos a vivir a la colonia Cuauhtémoc, ahí por las calles de Río Lerma y Río Elba, cerca de Paseo de la Reforma. Por ese tiempo también tomamos otra determinación, provocada en parte por la petición de Julián Slim, de que cambiáramos el expendio a República del Salvador por un tiempo de seis meses, en lo que terminaban las obras del pasaje Balvanera. Nos quedamos allá por dos años, hasta que decidimos volver a Uruguay. Pero como el negocio ya no daba para mucho más, que nos animamos a poner la cafetería Emir. El inicio fue difícil, sin embargo aguantamos y desde entonces nos hemos mantenido en el gusto de las personas, aunque con pequeños cambios incluso en el nombre del establecimiento.

       En todo este proceso me ha acompañado mi esposa Alicia, con quien me casé en el año de 1959. Tenía yo veintinueve años, y ella veinte. Éramos casi vecinos, pues su familia tenía su domicilio en las calles de Misisipi y Atoyac. La conocí por mis hermanas, toda vez que eran amigas. Después de nuestro matrimonio vivimos en diversos lugares, hasta que conseguimos una casa propia. ¡Qué tiempos! Al principio, me venía en camión para el negocio –el cual tuvo varias sedes-, y poco a poco logré que éste creciera, siempre con el apoyo de mi hermano Mario, ya que lo trabajábamos entre los dos.

       Nos mantuvimos en sociedad muchos años, mas al crecer la familia, yo con seis hijos y él con cuatro, decidimos separarnos. Con la separación vino el cambio de la denominación. Uno de mis sobrinos registró el nombre anterior, mientras que nosotros decidimos adoptar el de Jekemir. Con esto quiero decir que se mantuvo el nombre original, aunque compuesto. De mis seis hijos, tres están en el manejo del café, y los otros siguen su vida en asuntos diferentes. Aquí, la que me acompaña es mi hija Cristina, mujer de estudios que trabajó antes en empresas importantes, pero que se animó a dejar todo eso para estar en este mundo de aromas deliciosos.

       Compramos el café aquí en México, calidad de exportación. Conozco todos los cafés del mundo, y por eso puedo asegurar que el café de México no tiene comparación. Podrán decir que el producto colombiano es muy bueno, que el árabe es excelente, que el jamaiquino es el mejor. Los he probado y no, prefiero quedarme con el mexicano, que es riquísimo. Además, también los italianos y los franceses reparten buen café, no lo producen, pero sí lo procesan. De hecho, para el tostado no hay mejores máquinas que las alemanas, al igual que las mejores cafeteras son italianas.

       En mi opinión, los mejores cafés mexicanos se dan en Oaxaca, en Chiapas y en Veracruz. Después le siguen Guerrero, Puebla e Hidalgo, aunque el primero de éstos tiene el gran problema de la falta de seguridad. ¿De qué sirve que en la zona de El Paraíso se dé un café de gran nivel, si no hay autoridad que te permita negociar con tranquilidad y sin miedo? Sin embargo como México no hay dos, y eso es muy cierto.

Me quedo con la certeza de que el café necesita mejores precios, aparte de otros incentivos fundamentales para mejorar la producción. No obstante deben ser medidas serias, y no como las que implementó en su momento el presidente Luis Echeverría, quien nos obligó a registrar una marca particular que desde sus inicios fue un fracaso, ya que era una mezcla de café, garbanzo y azúcar. Decían que tal disposición era para estimular el consumo, pero no resultó, aunque no faltaron los éxitos momentáneos como el de Agustín Gutiérrez Peláez, quien sacó al comercio el Café Algusto, combinación que hasta la cáscara llevaba. Este señor era piloto y se hizo célebre porque, en una ocasión en la que volaba su avioneta, se le acabó el combustible de ésta y tuvo que aterrizar en la calle de Serapio Rendón. Eso sí fue un suceso, y no su mal café.

       Ésta es parte de mi vida. Una vida que se queda con la imagen de la ciudad de antaño, con iglesias espectaculares y encantadoras como la de San Felipe, la de San francisco de Asís, la Profesa y la Catedral, así como la de San Miguel, que es donde me bautizaron; con edificios públicos soberbios, como Palacio Nacional, o el edificio del Ayuntamiento, aparte de Bellas Artes, por mencionar algunos. Me quedo con esa ciudad donde podías caminar con mayor tranquilidad y confianza, donde conocías y te conocían. Y no como ahora, que parece que nadie ve más allá de lo que tiene enfrente.

Café Jekemir

Calle Regina 7, Centro Histórico, Ciudad de México

(Entre Isabel la Católica y Bolívar)

www.cafejekemir.com

@cafejekemir

@cafejekemir (Centro Histórico)

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