HERIDA

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Verónica Edith González Cantú

La fe es el pájaro que canta cuando el amanecer todavía es oscuro.

 Tagore.

Te quise tanto que cuando me rompiste el corazón

te saqué de ahí para que no te hicieras daño.

 Mario Benedetti.

Aves poderosas, de alas con la fuerza de un huracán. Igual mueren por una helada, una lluvia, que por otra ave.

        El árbol en el que eligieron vivir pesaba en esperanza. Cada uno de los nidos en las ramas estaba hecho con cabellos, hilos y hojas. La construcción del sueño. Su nido, aunque distinto al resto en colores y materiales, era hermoso. Estaba hecho de una partitura musical que había sido abandonada en la banca del parque. Las notas tapizaban sus paredes. Armonías con arreglos de flores después de cada cuatro tiempos, eran su piso. Eligieron estar cerca de la cima, independientes al resto; debido a ello su hogar era un poco frío, pero la vista del atardecer -desde ahí-, era inigualable.

        La pareja salía a volar fuera del nido en tiempos distintos, procurando cuidar su lugar. En forma alternada, uno de los dos se quedaba siempre de vigía. A veces, el que salía pensaba en la delicia que sería el compartir el viento, el cielo y su paleta multicolor. ¡Era el aire rabioso que empujaba hasta liberar las alas! ¡era romper el aire a contrasentido, eso que se logra al volar! Luego, al volver a casa, había motivos para cantar al otro acerca de las nubes, del sol, de todo lo visto. ¡vaya, compartir, cantando, la libertad vivida!

        La sangre brotaba de su pecho; gotas que empapaban sus plumas, que las teñían y endurecían en mechones secos color marrón. Con fuerza, se recargó en las paredes del nido, tratando de impedir desangrarse. Fue una herida en el corazón, no había duda. El papel amarillento se tiñó, mientras la armonía se convertía en un tono menor y los arreglos de flores se deshacían.

        Ella presionó su suave y agitado pecho al piso, para detener el sangrado. Sentía que el aire se le escapaba del cuerpo. Sus pulmones se reducían como higos en invierno, pero luego volvían a crecer palpitantes, en la desesperación. Empezó a ver las cosas poco claras, cada vez más confusas. Parecía que la rama, el árbol, el viento y las nubes la atacaban. Así se mira todo cuando falta el aire, cuando el corazón está roto, cuando se sangra y se presiona lo más posible para sobrevivir. Se mira mal, se juzga malo lo bueno, y lo bueno desaparece. Se tiene que levantar un escudo y una espada imaginaria, y comenzar la defensa permanente.

        Apenas empezaba a recobrar ánimos, cuando miró un agujero al fondo del nido. El pequeño charco que se formó con su sangre había hecho un hoyo. El nido frío y hermoso no volvería a ser el mismo. Ya tenía un hueco. Pensó que era su culpa por sangrar, pero ¿cómo no hacerlo si había sido herida en el corazón?, ¿qué corazón no sangra cuando se rompe?, ¿qué herida en ella no mermaría en su nido?

        Ahora tenía dos cosas que resolver sola. Su herida, que empeoraba a cada segundo, y su nido, que de continuar roto se volvería inseguro e inútil para vivir, pues terminaría por romperse.

        Decidió atender lo segundo y abrió las alas, valientemente. Tuvo una idea y voló rauda hacia la banca del parque, pero no había más partituras. Ya las había usado todas, aunque se quedó con la idea de que siempre encontraría más música que la salvara.

        Voló más lejos, a pesar del profundo dolor en el pecho, de la falta de aire y del miedo. Superó el tremendo pavor de haber dejado su nido solo, con el riesgo de que al volver quizá se encontrara con el hecho de que ya no era suyo. Sintió que volaba más lejos de lo que debería, mas no paró. Incluso, de pronto se halló cara a cara con una gentil y desconocida ave, la cual con un virtuoso canto en rima la incitó a continuar el vuelo. Con el canto hecho poesía de aquella hermosa ave, sintió que se recuperaba un poco, volviéndole la esperanza. Agradeció el aliento, aunque al mismo tiempo sintió culpa por haber escuchado el canto de otra ave, un pájaro que no era el suyo. Lealtad.

        A lo lejos, vio una pila de libros y de hojas en blanco en la banqueta, lo cual era como ver oro en medio de su pobreza. Cansada, llorosa, triste, desesperada y en evidente agonía, tomó lo necesario. Llenó sus uñas delgadas, alargadas y translúcidas, con páginas propias de un poemario, de un texto de psicología, de otro de oraciones, más un canto al universo y el papel en blanco, este último por si algún día se animaba a escribir otra vez.

        Voló de vuelta a casa, a toda prisa. No importaba su terrible dolor, sus cansadas alas, su corazón roto, sus ojos llorosos, su culpa… Su amor podía contra todo –pensaba-. Debía reparar, debía volver a tener ese hermoso nido que tanto le había costado. Ni siquiera quería detenerse a pensar, a tratar de entender qué cosa le había perforado el pecho de forma tan profunda.

        Finalmente, llegó, procurando acomodar los pedazos de poemas y oraciones; enseguida cantó con sumo cuidado y delicadeza. Sabía lo difícil que había sido su viaje, y no quería desperdiciar ni un solo pedazo de lo recolectado.

        Cuando al fin vio todo rehecho, y casi como estaba antes, sintió un duro golpe por la espalda, justo en medio de sus alas. Algo la atravesaba, en el mismo sitio donde estaba la herida en su pecho, pero esta vez desde atrás. La pájara no entendía lo sucedido. No podía ver claramente quién o qué la hería, ni por qué lo hacía. Sólo sintió que su corazón se rompía una vez más, aunque ahora de manera fatal. Bajó sus ojos y alcanzó a ver la punta de un pico. No podía creer que un ave semejante a ella, fuera capaz de herirla así. ¿Qué pájaro mutila para siempre el vuelo de otro?, ¿qué pájara hiere a otra en su propio nido?

        En medio de un insoportable e inmerecido dolor, el ave se rindió y dejó que su corazón al fin descansara; que la herida sangrara libremente, vaciando su pecho hasta pintar sus plumas de un rojo tan intenso y fuerte que parecía fuego, el fuego que purifica todo lo malo. El ave ahora roja fue víctima de un ave sin nido, sin pareja, sin escrúpulos ni valores, sueños, empatía, respeto o canto.

        Hundida en su sufrimiento, la pájara miró hacia arriba, en busca de la parte más alta del árbol… No murió por la sangre perdida, la cual entintó maravillosamente su plumaje; no murió por las terribles heridas recibidas de frente y por la espalda; no murió por la infame traición de alguien de su misma condición; no murió por nada de ello. Murió, sí, cuando se desprendió, emotivo, el último pedazo de músculo en su corazón. Murió cuando vio a lo lejos a su pareja, el cual estaba parado en la cima de la rama: ese bello y libre pájaro, por el que ella daba todo, por quien voló tan lejos; ese pájaro por quien ella cantaba, a pesar de no poseer la mejor voz; ese pájaro que había sido su compañero; ese pájaro estaba inmóvil, insensible, inmutable, soberbio.

       De pie sobre esa rama, la miraba morir con desdén. No hizo algo para salvarla, para evitarle tanto dolor, para cuidarla tal como le había prometido, tal como ella le había creído…

        El atardecer pintó de rojo las hojas y las nubes, logrando que se confundiera el día con la noche…, fría noche que anunciaba la primera helada del año.

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Ilustraciones: Zoé Contreras González
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