Una ciudad, un personaje, un periódico. El doctor Merolico, para servir a usted

La ciudad

El fonógrafo, la máquina que canta, habla y ríe, llegó a la ciudad de México a principios de 1879. Era un lujo que no tardaría en instalarse en las mejores familias de la capital: para las demás no había sino admirarlo y asombrarse con él en la Droguería La Profesa, donde también se podían comprar todo tipo de específicos para la gran mayoría de las enfermedades.

Claro es que había que cuidarse de las imitaciones, y exigirle al Consejo de Salubridad una vigilancia estricta, para que no ocurrieran quejas como las del doctor Frimont, quien se lamentaba de que en el llamado interior de la República se falsificaba su remedio contra la embriaguez, lo que afectaba no sólo su bolsillo sino también los intereses de las personas deseosas de salud. Y cómo no, si con este menjurje se eliminaban además el paño, las manchas de la cara, e incluso la horrible caspa, de la que ni Porfirio Díaz se salvaba, por muy poderoso que se creyera.

Pero éste era un problema menor, argüían algunos, si se tomaba en cuenta que había una enfermedad permanente contra la que no había específico definitivo dada la falta de higiene pública: el tifo, cuyas causas eran las calles polvosas, los animales muertos, las charcas pestilentes, los caños azolvados, la falta de desagüe en el Valle.

La falta de higiene, junto con el alcoholismo y la prostitución clandestina eran la causa primordial de que en una década, la población capitalina creciera sólo dos mil personas más, aseguró el doctor Demetrio Mejía.

Vagar por la Alameda y el Zócalo era cosa de pobres, de léperos. Pero pasear no. Esto era de los ricos, de la clase alta y de la media con posibilidades. Para éstos se hacía la música, con dos o tres conciertos a la semana, con Bach, Verdi, Donizetti, Morales y el exquisito Offenbach como fondo; el ejercicio, las ferias florales, el café de José Fulcheri. No había restricciones para el gusto, salvo los dineros y la moral, ésta tan atacada por los bribones y por las mesalinas, quienes aprovechaban la falta de policía para atentar contra el decoro. Por lo mismo, las buenas conciencias reiteraban sus llamados y sus exhortos a que se pusiera en cintura a las hijas de la alegría, hijas de la noche, servidoras de Venus, princesas rusas, plaga que hacía tanto daño, aseguraban, como la banda de sirvientas ladronas afiliadas a un sindicato dedicado a saquear casas.

Para la buena sociedad, la que se vestía de manera elegante y a la moda con el nacional Alfredo Mariscal o con los extranjeros Celestino Hourcade y J. Druelle, con paños y telas de Francia, Inglaterra, Alemania, para esta buena sociedad estaba el teatro de categoría y el mundo de la ópera, el de los escenarios del Teatro Nacional o el Principal, bien cubiertos con las compañías de Guasp de Péris, de José Valero, de la diva Ángela Peralta. En aquélla sobresaliendo las actrices María de Jesús Servín y Concha Méndez; en la otra Valero mismo, pese a su habla de niño chiqueado y su leve tartamudeo; en la tercera, la Peralta, ¡ah! la Peralta, de voz fresca, sonora, argentina y dulce, excepto cuando interpretaba a Verdi, en opinión de Jorge Hammeken y Mexía. Por supuesto que no faltaban tampoco las grandes compañías internacionales de primer orden, como la del francés Lécuyer, que si llenaba teatros en Milán, Moscú, San Petersburgo, Madrid, Viena y demás de Europa, ¿por qué no habría de llenarlos en esa ciudad de los Moctezumas?

Para la otra sociedad estaban las tandas, los jacalones de títeres, las ferias de barrio y las casas de juego; aquellas tres diversiones sanas y entretenidas; esta última nefasta ya que hacía perder no solamente el dinero, sino también la vergüenza y la honra, enfatizaron los redactores de El Republicano.

Otra diversión sana la proporcionaba Joaquín de la Cantolla y Rico, excéntrico que a su pasión por el espacio sumaba sus afanes científicos, ya que en su aparato aeróstato Vulcano se perdía -decían- entre nubes de carmín y oro para regalarle a los ilustrados capitalinos las medidas de presión de la atmósfera, además de dosis homeopáticas de aire, las que atrapaba  en una burbuja de cristal. No obstante había un inconveniente a su labor, mismo que le planteaban los incultos, los del pueblo salvaje y llano que lo apedreaban cuando iniciaba su ascenso o culminaba su descenso, si es que no había policía a la mano, a la expectativa.

La policía. Se metía en todo, menos en su deber. Y llegaba tarde a todos lados, afirmaban los diarios de la época. Pero no había mucho qué hacer al respecto, porque el Ayuntamiento dedicaba sus esfuerzos en ese 1879 a favorecer a nuevos candidatos locales benitistas, para tratar de ejercer presión en el presidente para las elecciones federales del año venidero, a la espera de que el licenciado Justo Benítez fuera el designado para el primer puesto de la República. ¿Pedirle a Díaz que resolviera el desorden de la capital? Imposible, pues tenía muchos pendientes: la tragedia de Veracruz, la del famoso lema “Mátalos en caliente”; luego, el problema de los pagos a los empleados públicos; más las rebeliones y las guerras de castas; la reanudación de relaciones políticas con Francia y con Estados Unidos, de enemistad con aquélla, de dependencia con ésta, pensaban los analistas; y sobre todo la trascendente cuestión presidencial: ¿reelección? ¿benitismo? ¿gonzalismo?

Éste era, en síntesis, el ambiente capitalino cuando arribó a la supuesta ciudad de los palacios el extravagante doctor Meraulyok, al que algunos daban por italiano, otros por polaco, algunos más por árabe, sin faltar los que decían que era francés, y creyéndole muy poco lo que él afirmaba que era: suizo.

El personaje

El autodenominado profesor y doctor Rafael Juan de Meraulyok desembarcó en el puerto de Veracruz el 21 de agosto de 1879, sitio donde la población estaba inquieta y molesta por esa terrible matanza ordenada dos meses antes por el gobernador Luis Mier y Terán contra nueve opositores al régimen, por lo menos así se justificó al asunto.

Meraulyok estuvo poco tiempo en el puerto, pues al mes y medio ya causaba sensación en la ciudad de México, paseando con donaire por la calle de Plateros, con sus botas federicas, sombrero de copa blanco, pantalón de ante amarillo y una levita de terciopelo azul celeste, más sus lentes oscuros que sin embargo no ocultaban la falta de luz de su ojo izquierdo.

Semejante extravagancia no podía pasar desapercibida ni aún en los sitios más concurridos como el Teatro Principal, la Plaza de Armas, los cafés París y la Concordia, o la famosa cantina el Globo, la que a la una de  la madrugada estaba en plena ebullición, rincón donde se reconocían los poetas, los políticos, los presumidos y uno que otro ser original por infiel, por engañado, por feliz sin remordimiento y sin escándalo, como lo era en este último sentido el Montgolfier de la calle de San Francisco, el ya citado Joaquín de la Cantolla y Rico, único ser, decía Meraulyok, que se le podía equiparar.

En uno de esos rincones fue donde un periodista de El Republicano lo abordó por primera vez, maravillado de verlo con sus galas de conquistador y sus ínfulas de sabelotodo. Ahí, con una copa de oporto de por medio le confesó que traía un espectáculo maravilloso, algo sin igual en el mundo que dejaría a todos sorprendidos, y eso que no era ni mago, ni saltimbanqui, sino hombre de ciencia, un dentista.

Poco después, ya en octubre, y tras aprobar esta última profesión en la Escuela Nacional de Medicina el 11 de dicho mes, inundó con carteles de propaganda las calles, ofreciendo sus servicios por diversos rumbos de la ciudad, hasta que finalmente el 24 se instaló en la Plaza de Armas, en el zócalo, con un éxito rotundo, con gente apiñada que gozaba de la destreza del práctico, de la música, de los valses con que se hizo acompañar el dentista, y sobre todo de su habla, la cual provocó que los pilluelos, que los léperos, los pícaros y los vagos le endilgaran el siguiente estribillo, que le gritaban cuando el médico concluía el anuncio de sus bondades:

¡Merolico, merolico

¿quién te dio

tan grande pico?

Y así lo escucharon hablar de su participación en 1877 en las batallas de cristianos contra turcos en Plevna (donde perdió el ojo); de las bellezas de París; de las gracias de Sudamérica; de las cerca de dos millones de piezas dentales que había sacado en Brasil en un tiempo al parecer no mayor a los tres meses; de la tranquila, hermosa y bien dotada pero aburrida provincia suiza de la que provenía de nacimiento. Y así y ahí vieron por primera vez cómo se metía cuchillos en la garganta y en los brazos, haciéndose heridas que curaba de inmediato con su elixir maravilloso.

Claro es que no todos lo alabaron. ¡Charlatán! ¡Embaucador! ¡Bribón! ¡Estafador! ¡Engañabobos! Así lo acosó la prensa francesa avecindada en México. ¡Farsante! ¡Mentiroso! le dijeron los médicos capitalinos. Y aquélla y éstos le pidieron al gobierno que el Consejo de Salubridad examinara las medicinas y panaceas que exhibía el sacamuelas, al que también se le debía hacer cumplir con la ley del timbre respectiva, enfatizaban.

El gobierno actuó, obviamente, pero pocos quedaron satisfechos con su determinación. El bálsamo resultó ser inofensivo, con todo y sus tres pesos el frasco; y como había libertad de trabajo y de profesión, correspondía sólo al público determinar si fallaba en contra o a favor de Merolico en cuanto a los servicios que ofrecía. Eso sí, le endilgaron una multa de cincuenta pesos por faltarle el timbre postal a los productos.

Además, como eran tiempos electorales y toda reunión popular podía convertirse en manifestación, también tuvieron buen cuidado de pedirle que ya no deambulara por cualquier lado, sino que se quedara en la plazuela del Seminario, donde se apostaron varios policías para vigilar el orden y evitar robos a los mirones.

Y sí, de noviembre a diciembre de 1879, y de fines de febrero a junio de 1880, ahí estuvo Merolico todas las mañanas, con sus pregones y curas gratis, mientras que en las tardes daba sus consultas privadas al principio en la calle Coliseo y después en la de Vergara, para dedicarse en las noches a enamorar a las artistas extranjeras del Nacional, el Arbeu, el Hidalgo o el Principal, pues ellas bien sabían lo que era el gusto de los cuerpos, no como las mexicanas, que esperaban una conquista y un amor largo y tranquilo, según palabras del propio suizo.

Sin embargo para este carácter no había cura posible; este mal de lo anticuado, esta lacra de defender las buenas costumbres no se quitaba con nada, ni con las creosotas y demás preparados de patente francesa que igual servían para la sífilis, las blenorragias y los males de la mujer, que para los dolores de estómago, de la garganta o de la cabeza; o las píldoras del inglés Holloway, efectivas para limpiar el hígado, los riñones y la sangre, extirpando cánceres y chancros. Además, si alguien quería salirse de la costumbre, pasarse de la raya, que mejor que los remedios del hierro, tan espléndido, tan bondadoso para la salud y la virtud de las personas en general, como lo pregonaba el ejemplo aquél de la muchacha que no quiso ir a misa porque se sentía con calenturas e incomodidades diversas; luego, se va la madre a sus sagrados deberes con preocupación, entra el novio con discreción, vienen los besos y arrumacos sin ton ni son; mas, regreso intempestivo, ¡ah! puerta malhadada, salida presurosa, calenturas otra vez y se llama al doctor, quien revisa y entabla este diálogo con la madre:

-Con que no es grave, ¿verdad? (dice la madre).

-¡Señora, aquí entre los dos ahora, el mal es de gravedad!

-¡Dios mío!

-¡Yo soy muy viejo y muy práctico!

-¡Ya lo sé!

-Y como la aprecio a usted me permito este consejo: ¡abrid usted mucho los ojos!

La niña, a   mi plan me aferro, necesita mucho hierro.

-¿En píldoras?

-No, ¡¡¡en cerrojos!!!

En suma, que Merolico dio mucho de qué hablar en la ciudad de México de septiembre de 1879 a junio de 1880, y no sólo en la nota periodística cotidiana, sino también porque con su nombre se bautizaron zarzuelas, parodias carnavalescas, libros y un periódico, por supuesto.

El periódico

Redactado por Luis G. Iza y José María Ramírez, el primer número de El Dr. Merolico salió a la luz pública el lunes 1 de diciembre de 1879. En un formato de cuatro páginas de 26.4 por 18.5 centímetros, anunciaba ufano que se publicaría los lunes y los jueves de cada semana, sin suscripciones, disgustos, morosos ni gorrones pues debía pagarse sólo al chas chas o por adelantado, a tres centavos el número o doce reales por trimestre.

Todavía no sé si cumplió su expectativa de larga vida, pues hasta la fecha (2017) no he localizado más que cinco números, siendo el quinto el del lunes 14 de diciembre de ese mismo año de 1879. Todos están en la Biblioteca Nacional de México y en el Archivo General de la Nación.

Que generó expectativas, sin duda, pues hasta los serios redactores de La Libertad lo alabaron, asegurando que si bien era parlanchín, zumbón y oposicionista, para nada padecía de tontitis.

En el nombre llevaba la fama. Editado en las oficinas de La Patria, Iza y Ramírez le dieron el tono adecua-do a las características del padrino de nombre, copia y remedo, que no oficial. Así, aseguraron que sería un

periódico charlatán, -sin mentiras ni cautelas, que ha de sacar muchas muelas-

como ustedes lo verán.

El periódico se divide en tres partes, todas encabezadas con un subtítulo que hace referencia al mundo médico: Cáusticos, que encerraba el contenido editorial; Sinapismos, que, escrito en verso, hablaba de política; y Píldoras, que era como la gacetilla que se tomaba de todas partes e incluía todos los temas. De las tres, sólo la primera estaba signada por “Megolico”. Es notorio en este caso que si los cáusticos de los primeros cuatro números están escritos simulando en ocasiones un idioma español muy a la francesa y en otras muy a la árabe, en el quinto ya no, utilizando aquí el habla coloquial cotidiano pues hasta el “Megolico” cambia a Merolico.

Si algo distingue a este periódico en su oposición a la política oficial, es el hecho de asegurar que si el gobierno tuxtepecano había resultado todo un fraude por asesino, por ladrón y embustero, el fraude mayor era Benítez, por ser quien movía los hilos de todo, por tener y manejar a Díaz como un títere, dispuesto a todo para convertirse en el presidente negro, a todo, incluso a irse a Europa para lavar su imagen y regresar a tiempo para que no lo olvidaran.

A él se debía, con su mayoría en el Congreso, el que la patria tuviera muchos tumores como el de la arranquitis, la violencia, las contribuciones, el contingente de gastos extraordinarios, la emisión de 20 millones de papel moneda, la recarga de contribuciones en tabaco y licores, la miseria; pero eso sí, todos bien amparados en el saber guardar la Constitución:

En esta feliz nación

donde todo es pura bola,

hay una ley, una sola:

Guardar la Constitución.

Mas, por ¡Cristo o Barrabás!

todos los de la carnada,

la tienen tan bien guardada

que no la observan jamás.

Lo bueno de este asunto, concluía El Dr. Merolico, era el hecho de que de seguir así, al grupo benitista le podían ocurrir dos cosas: quedarse sin nada pues nadie los quería; o bien ser como Giner en este juego de palabras:

Prestamista era Giner,

mas desde que se casó

el negocio abandonó;

hoy quien presta es su mujer.

En fin, concluyo con tres preguntas abiertas respecto a este periódico, mismas que espero resolver en un tiempo inmediato, en la ya próxima edición del libro sobre este personaje y su estancia en la muy noble y leal ciudad de México:

1.- ¿No fue negocio el periódico charlatán y terminó por desaparecer después del número cinco?

2.- ¿Su desaparición tuvo que ver con el hecho de que Justo Benítez salió del país y ya no tuvo aquél contra quién dirigir sus ataques de manera directa?

3.- ¿Sería don Porfirio quien lo mandaría entrar al callejón del olvido, enojado porque de burro y mandilón no lo bajaban?

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