La persistencia de Chronos

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Luz, sombra, color, composición, un motivo o tal vez un momento de suerte para robarle a Chronos, con cámara en mano, varios segundos, tal vez centésimas o milésimas de uno de ellos.
Una fotografía, el trofeo cuyo histograma encierra en su irregular forma un sentimiento, un presente que ya no existe, el todo o la nada. Compartir entonces con el mundo el botín que simboliza todo aquello que Chronos, fiel a su naturaleza, ya ha devorado sin piedad ni remordimiento, para que cada quien tome de esas imágenes, representadas en pixeles o plasmados en puntos de color, las emociones que, si bien incitaron al ladrón fotógrafo a cometer el crimen, tal vez sean distintas para quien explora, con una mirada educada o no, los trazos pintados con el color y la luz. Somos entonces ladrones entrenados para robar los instantes que contienen la inocencia de la infancia, el murmullo en una barranca, la libertad del horizonte, la algarabía y la risa de una fiesta patronal o la ajetreada vida de las grandes urbes. No siempre se logra el objetivo, la diosa Fortuna, aliada ocasional del ladrón, es coqueta y muy esquiva; muchas veces depende de ella que se cometa el crimen perfecto, el cual por cierto, no existe. ¿Vale la pena entonces enfrentar al Dios del tiempo? Considero que sí. Róbale todos los instantes que puedas y no temas en exhibir el botín. Al final, él cobrará venganza y te devorará.

Roger Villares

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