Liborio Villagómez Guzmán

¿Cómo hablar de un hombre como el que nos ocupa, sin caer en la voz común? Sus críticos dirán que era vanidoso, creído, que ni sabía tanto, que no pasaba de ser autodidacta, aparte de que estaba demasiado sujeto al cigarro. Reconocen, no obstante, que nunca dejó de ayudarlos, y muy en el fondo saben que se aprovechaban de él.

       Sus amigos diremos en cambio que era gente de sapiencia, calma y generosidad extrema no sólo en lo académico, sino en lo cotidiano, en ese ir y venir de la charla sobre política, archivos, libros, libros y más libros. “¡Huy, qué aburrido!” –comentó al respecto una de sus colegas de la Biblioteca Nacional–. “¡Qué entrañable y extrañable!, comentaremos nosotros, pronombre en el que cabemos Alberto Partida, Carlos Cervantes, Dalia Hernández, Dalmacio Rodríguez, Luis Olivera, Guadalupe Landa, más mi persona, por referir a varios de los que nos congregamos con él durante años, a veces en el café, quizá en la comida, o a la salida del trabajo, de la investigación o de la simple consulta.

       Algo semejante señalaba Linda Arnold, persona con autoridad en el mundo de los archivos y en el tema de la Justicia, quien cuando estaba en México no dejaba pasar la oportunidad de ir a platicar y fumar con Liborio, degustando proyectos y compartiendo información múltiple concerniente a sus temas de interés. “Este hombre es de confianza, siempre dispuesto al sacrificio”, aseguró ella cierta vez, ahí en el jardín de la otrora casa de María Conesa, “la gatita blanca”, sede en su momento de la Academia Mexicana de la Lengua; sitio éste donde “don Libo” se refugió tras su jubilación en 2008, después de casi cuarenta años de servicio.

       Bibliotecólogo, paleógrafo, bibliófilo, historiador, cuidador, conservador, eso y más era el señor Villagómez, avalado no en todos los casos por un título académico o un curso especial, sino por años y años de conocimiento y de experiencia sobre los acervos en los que tejió su oficio y su quehacer: el Archivo General de la Nación y la Biblioteca Nacional, esta última no de la UNAM, pero sí resguardada por nuestra insigne y máxima Casa de Estudios, vía el Instituto de Investigaciones Bibliográficas.

       Nació en Uriangato, Guanajuato, un día 2 de marzo de 1952, en el seno de la familia formada por don Vicente Villagómez y doña Carmen Guzmán. Sin embargo no vivió mucho el ámbito rural, pues para principios de la década de 1960 ya estaba en contacto con la geografía de los papeles viejos, gracias a que su progenitor trabajaba en el Archivo referido. El abandono del terruño fue difícil, mas eran tiempos de ilusión laboral debido a ese fenómeno de crecimiento económico llamado “el milagro mexicano”, el cual nos duró de 1950 a 1970, no más.

       Como la vida tiene sus misterios, a los doce años Liborio sufrió la pérdida de su padre, obligándolo a replantear sus perspectivas. La escuela ya no fue una opción inmediata, pues había que ayudar en la manutención del hogar, asunto obligado ya que era el segundo de siete hijos, de los cuales los tres primeros fueron varones, completando la suma cuatro mujeres.

       Lustrador de zapatos (bolero), carnicero, vendedor de discos, cargador en La Merced, a esas actividades se dedicó durante dos años y meses nuestro personaje, hasta que alrededor de 1966 el AGN le abrió sus puertas gracias a la intermediación de Sofía Reyes, al parecer secretaria del lugar y con el tiempo su cuñada. En propia versión, lo mandaron a trabajar con la “Georgina”, apelativo que le daban los de intendencia a la famosa jerga con que hacían la limpieza.[1]

       Sujeto curioso, Liborio no se dedicó sólo a la limpieza de los espacios que tenía asignados, sino que también se puso a inquirir sobre los acervos sitos ahí, lo que llamó la atención de diversos investigadores. Uno de ellos, conocido y con amigos suficientes, lo recomendó en 1969 con el doctor Ernesto de la Torre Villar, encargado en ese entonces de la Biblioteca Nacional en su calidad de titular del recién creado Instituto de Investigaciones Bibliográficas. Había que fortalecer esta nueva instancia académica con buenos empleados, y aquel joven demostraba los méritos necesarios al respecto. Aceptó la invitación del maestro, por supuesto, destinándosele igual una plaza en el área de Intendencia, turno vespertino. Ambos trabajos le quedaban a la mano, toda vez que el Archivo y la Biblioteca Nacional ocupaban sendos edificios del Centro Histórico.

       En realidad ya no duró en el cargo de la trapeada por mucho tiempo. Sus afanes, sus esfuerzos y sus pesquisas pronto lo recompensaron una vez más, ahora al ascender a la categoría de bibliotecario, primero en la Biblioteca Nacional en 1972, y un año después en el AGN. ¡Qué no vieron sus ojos a partir de esos momentos! ¡Qué de aprender en forma, tamaño y contenido! Texto, textura, hilo y trama, el poder de la palabra impresa, el inquietante deslizar de la mano en el manuscrito. Espacios y tiempos antiguos, conformaciones y lapsos modernos, nada quedó fuera de su interés, lo que, a su vez, le permitió definir sus mayores afinidades y gustos. Lo de ayer, sí; lo del mes pasado, sí; pero mejor lo de cuño de antaño, fuese manuscrito o impreso. Esto en una primera valoración y en lo general, lo que le hacía placentera cualquier lectura, aunque en lo particular no tardó en encaminar sus pasos hacia la historia del libro, su porqué y su para qué, más el entorno en que se definía y se justificaba.

       No fue un teórico del asunto, pero sí inquirió, preguntó y entendió sobre el tema, con sus antecedentes y sus consecuentes, lo que nos remite al origen y desarrollo de la imprenta, al análisis del propio papel y de la escritura, marcas de agua, tintas, tipografía, autores, censores, editores y libreros, hasta llegar a la propia conformación y funcionamiento de las bibliotecas. No digo que fuera un especialista en todo esto, nada más afirmo que le interesaba, y que algo sabía de ello. No en vano, cuando en 1985 se publicó en México la novela El nombre de la rosa, de Umberto Eco, la gozó, la asimiló y la consideró tan semejante a sus emociones, que no dudó en convertirla en su texto favorito. El libro y sus encantos; el pasado que nos mueve y nos conforma; la biblioteca que, como señaló Francisco Cervantes de Salazar en el siglo XVI, siempre sirve de mucho a quienes la frecuentan para leer.

       Que Liborio centrara todas las inquietudes dichas en los principales acervos con que cuenta México: el Archivo General de la Nación y la Biblioteca Nacional, no tiene nada de extraordinario ni de curioso. Le quedaban a la mano, pues laboraba en ellos. En estos repositorios encontraría un par, igual de generoso y afable con los usuarios y los interesados: Roberto Beristáin. Bromistas como eran, y mal hablados entre ellos, aprendieron de colecciones raras, de incunables, manuscritos en náhuatl, de testimonios en latín, de coros, fondo de origen, sermones, cantos y cantares, mapas, códices, archivos públicos o privados, papeles y libros comunes, libros y papeles especiales, los que registraban en su memoria sagaz y en las consabidas fichas, ya que no sin motivo se adentraron también en los recovecos de la definición, organización y clasificación de los materiales referidos.

       Cabe precisar no obstante que, en esta década de 1970, no sólo los libros y los archivos le llenaron el ojo a Liborio. Igual lo hizo Gloria Bahena Albarrán, estudiante de Bibliotecología de la Facultad de Filosofía y Letras (UNAM), quien hacía sus pininos de consulta en el AGN, ayudándole a un investigador. Después de la ineludible cotidianidad de la charla sentimental, contrajeron nupcias el 17 de diciembre de 1977, matrimonio del que resultaron dos hijos: Vicente David e Israel, profesionistas universitarios ya.

       1986 fue un año coyuntural en la vida de Liborio. Decidió ir a visitar a uno de sus hermanos, quien residía en Estados Unidos y que lo animaba para cambiar de fortuna. Con esa perspectiva, se atrevió a solicitar las licencias laborales correspondientes y se lanzó al país de los gringos. Se quedó un año por aquellos lares, desempeñando funciones de atención a migrantes en la oficina del Consulado Mexicano en Nogales, Arizona. Al parecer no se cumplieron sus expectativas emocionales, que no económicas, y en 1987 prefirió regresar a la otrora ciudad de los palacios, para retomar sus afanes en tiempo y forma.

       En esta segunda faceta entraría  de lleno en el rubro de la investigación y de las funciones administrativas, con gusto y con convicción, sabiendo que sin importar condiciones ni reconocimientos, su labor tenía dos objetivos fundamentales: servir a los usuarios y engrandecer sus dos centros de trabajo.

       Finalmente, después de fungir como delegado sindical en 1988 y de ganar un año más tarde la plaza de Jefe de Servicios al Público en la BN, en 1990 recibió la invitación de Ignacio Osorio para coordinar –junto con Beristáin-, el material del Fondo reservado que había quedado en el local de San Agustín, mismo que se esperaba no tardaría en enviarse a las instalaciones ubicadas en la zona cultural de Ciudad Universitaria, donde se le reuniría con sus semejantes en un edificio ex profeso que se proyectaba al respecto.

       En opinión de la maestra Andrea Sánchez Quintanar, el sabio Ignacio Osorio era un hombre que parecía haberse preparado desde siempre con el propósito de ser el titular de la BN, hasta que lo logró, para beneplácito de sus amigos. Sencillo de trato y con la cortesía a flor de piel, este profesor de la Facultad de Filosofía y Letras tenía la virtud de saber escuchar y elegir. En efecto, llegó, preguntó y decidió. ¿Eran capaces Liborio y Beristáin de tamaña responsabilidad? Me cuenta María Rosa Ávila que fue el grato de Roberto Moreno de los Arcos quien lo impulsó para que les diera la tarea señalada, seguro de que no quedarían mal en lo absoluto. Sabía lo que hacían, aparte de que los estimaba.

       Ocurrió en ese tiempo mi primera visita a San Agustín. Ahí los vi trabajar juntos, en el área de la cúpula del antiguo templo colonial, alrededor de las seis y las siete de la tarde-noche. Eso en lo que a mí corresponde, aunque ya sabía yo de sus afanes en ese esfuerzo colectivo que devino en la Guía General del AGN, publicada en 1990 y que marcó su impronta pues se convirtió en el modelo a seguir para Liborio, el cual soñaba con realizar algún día un texto parecido para la gran Biblioteca, en su sección del Fondo Reservado, claro está. Según palabras de Vicente Villagómez, otro texto trascendente en la colaboración de su papá con Beristáin, fue la antología documental titulada Sobre Rusos y Rusia, coordinada por Enrique Arriola Woog y publicada por el Instituto Nacional de Antropología y la Lotería Nacional en el año de 1994.

       Osorio no tuvo tiempo para consolidar sus planes en torno al Instituto de Investigaciones Bibliográficas; la muerte se lo quitó. En 1991 se designó como nuevo titular al doctor José Guadalupe Moreno de Alba, quien no aceptó la renuncia que le presentó Liborio Villagómez Guzmán, ratificándolo en las funciones que tenía asignadas, mismas que se cumplimentaron en 1993, una vez que se concluyó y entregó el nuevo repositorio en diciembre de 1992. Este trabajo, realizado a conciencia, implicó muchos cambios, entre ellos el del ajuste laboral del “chavo” Beristáin, que optó por el AGN, nada más. Liborio ya había roto lanzas tres años antes, en 1990, sólo que a favor de la UNAM. Supongo que, en ambos casos, la decisión no tuvo que ver únicamente con la cuestión de los traslados entre uno y otro lugar –los acervos cambiaron de sede, nada cercanas, por cierto-, sino también con las responsabilidades y gustos que los dos asumieron en el trajín diario.

       Al concluir el traslado de los materiales, Liborio dejó la coordinación referida para entrar al Departamento de Difusión Cultural, a cuyo frente estaba la “resuelta, terrible y aventada” Margarita Bosque Lastra, quien no paraba en mientes cuando se trataba de conseguir objetos para las exhibiciones que proyectaba, como un cuadro referente a Sor Juana Inés de la Cruz que engalanaba las paredes interiores de Rectoría.

       De los trabajos que llevaron a cabo, destacan los títulos y las exhibiciones siguientes, de las que se cuenta con el catálogo concerniente: 50 aniversario de la Hemeroteca Nacional. Exposición de caricatura. Humor y política 1821-1994 (UNAM, 1994); Kalendario mexicano, latino y castellano (UNAM, 1995); Logros del cardenismo (UNAM, 1996). Cabe decir que durante su estancia en Difusión, consolidó lazos de amistad con el ingeniero Ricardo Jiménez, colaborador asiduo de dicha área, aunque pertenecía a otra trinchera laboral. Con la maestra Bosque ni se diga, pues la respetaba y la quería.

       Los vientos de 1996 le trajeron un nuevo reconocimiento. En su segundo periodo de gestión al frente de Bibliográficas, el doctor Moreno de Alba lo designó Jefe del Fondo Reservado, cargo que también le ratificaría en dos ocasiones el director próximo inmediato, Vicente Quirarte. Contrario a los deseos de algunos, Liborio no deslució en su labor, antes la intensificó con la organización de visitas guiadas, con la búsqueda metódica de “libros extraviados”, con su participación en seminarios, congresos, encuentros y diplomados, así como con su apoyo en la confección de varios libros de edición especial, para los cuales hizo la investigación ya iconográfica, ya bibliográfica, e incluso ambas; sin dejar de lado el hecho de que en ciertos casos colaboró con determinado artículo individual o en coautoría. Citemos los de mayor resonancia, por rubro y por secuencia cronológica, para “goce” de los incrédulos y confirmación de los conocedores.

1.- Investigación iconográfica, bibliográfica, o ambas: Memoria de México y el mundo. El Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional, UNAM, 2001; Casa de la primera imprenta de América, UAM/Casa de la Imprenta/Secretaría de Cultura del Gobierno del Distrito Federal, 2004; La Biblioteca Nacional. Triunfo de la República, UNAM. 2006.

2.- Autoría y coautoría: junto con Rosa María Fernández de Zamora, “Los impresos mexicanos del siglo XVI en la Biblioteca Nacional”, en Nueva Gaceta Bibliográfica, UNAM-IIB, julio-diciembre de 2003; artículo individual, “El Fondo de Origen”, en La Biblioteca Nacional. Triunfo de la República, UNAM, 2006; junto con Ascensión Hernández de León-Portilla, “Estudio codicológico del manuscrito”, en Cantares mexicanos, UNAM/Fideicomiso Teixidor, 2011.

3.- Diplomado sobre el libro antiguo y las bibliotecas, celebrado del 17 de agosto de 2001 al 23 de febrero de 2002, con los auspicios de la Universidad de Granada, España, y la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México. Con la calificación de sobresaliente, el 27 de noviembre de 2002 la Universidad de Granada le otorgó el título de Experto Universitario en Gestión del Libro Antiguo en las Bibliotecas: conservación, protección y difusión.

       En suma, su labor no resultó “moco de pavo”, como se decía en el siglo XIX, y eso que no hemos hecho hincapié en los múltiples empeños que ponía en los temas de cualquiera de los interesados que se acercaran a él, a los que nunca dejaba “en el aire” y sí les facilitaba su proceso de investigación. No en balde contó con el aprecio de Miguel León-Portilla, Gloria Villegas, Roberto Moreno de los Arcos, Bárbara Cifuentes, Stella Cicero, Isabel Granuén, por referir una lista mínima.

       Parafraseando una canción famosa, Liborio tampoco se sabía monedita de oro, y por ello, desde diciembre de 2007, anunció que se retiraba de la insigne BN. No lo dijo de manera abierta, pero entiendo que prefirió irse a otros lares, antes que sufrir un desaire por no encajar en planes. Así, se jubiló de la UNAM y aceptó la invitación de Vicente Quirarte y de José Guadalupe Moreno de Alba, para encargarse de la Biblioteca de la Academia Mexicana de la Lengua, en la que inició su desempeño en marzo de 2008. Le dijeron que con tres o cuatro horas de trabajo, durante dos o tres días a la semana, sería suficiente, pero nunca hizo caso.

       No podía ser de otra manera. Cada quien tiene sus métodos y sus costumbres, y él era de presencia diaria y de jornada extensa. No es extraño por lo mismo que en poco tiempo organizara e incrementara el acervo en forma sustancial, prestando también un apoyo invaluable a los miembros y al personal administrativo de dicha instancia académica; aparte de que se dio tiempo para emocionarse con la preparación meticulosa del prólogo, estudio y trascripción de los documentos que conformarían su primer libro en pleno sentido: Diego Rul. Aventuras y desventuras de un noble realista, donde nos ofrece una selección de la correspondencia de este militar y comerciante español, referente a sus andanzas por la zona centro de la Nueva España.

       Conviene precisar que con todo y el gusto por la circulación de esta obra en el sello del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (2012), no dejó de manifestar su enojo por el garrafal descuido en que incurrieron los encargados de la edición, pues en la cuarta de forros pusieron mal la fecha de muerte del conde, 1823 en lugar de 1812. Corrigió a mano y con tinta negra este error, eso al menos en el ejemplar que me obsequió.

       Así era Liborio. Extrovertido y parlanchín si de libros se trataba; discreto y huidizo cuando de méritos personales se hablaba. Eso le da mayor crédito aún a la distinción que le otorgó Fomento Cultural Banamex igual en ese pródigo 2012: el premio Atanasio G. Saravia de Historia Regional Mexicana, en la categoría especial de Salvaguarda y Organización de Archivos.

       ¿Cómo hablar de una persona como el amable colega Villagómez Guzmán, sin caer en la voz común? No se puede, quizá porque aquí está la palabra más tajante, de tan simple que es. Liborio falleció el 1 de julio de 2014, a las siete de la mañana, víctima de un aneurisma abdominal. Que su recuerdo nos acompañe siempre.

                                                                                    Jesús Guzmán Urióstegui

En el lugar de los coyotes, en la nublada tarde del 11 de agosto de 2017.

[1] Testimonio proporcionado por Liborio Villagómez a Carlos Cervantes.

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