Paterson: el poeta antes de la reificación del rayo

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@betistofeles

Lo disruptivo en este filme radica en el

hecho de que invierte la visión

estereotipada que se tiene sobre

aquellas personas consideradas

“grandes”, y aquellas otras

consideradas como “pequeñas o

mediocres”.

El diccionario de la Real Academia Española (RAE) dice que un poeta es aquel que escribe poesía. Por sí misma, esta definición en poco o nada ayuda para clarificar el papel de tan disímil personaje en la sociedad; de hecho, entender de esa manera a un poeta, nos limitaría a llamar así a cualquier persona que escriba versos, dejando de lado la discusión sobre qué y cómo es la poesía. Ante definición tan llana, podríamos ahondar en el asunto si inquirimos sobre la actividad que realiza un poeta. Ya ahí, nuestro abanico de respuestas se multiplicaría, porque el poeta puede hacer de todo, pero también puede no hacer nada. En suma, la palabra poesía abarca tanto y sin embargo es tan poco clara al definirse, que deja finalmente exinanido y en desventaja a quien la practica.

       Eso ocurre por ejemplo en la película Paterson (2017). Interpretado por Adam Driver, sí, el mismísimo Kaylo Rent de Star Wars, un poeta conduce un autobús por la ruta 23 Paterson, en la localidad del mismo nombre en New Jersey; título además que alude al famoso poema de William Carlos Williams que sirvió como inspiración para dar origen a todo este largometraje.

       Maximizando cualquier especulación, uno espera que la vida de un poeta sea de determinada manera: que vivan una vida llena de aventuras, o bien, llena de sinsabores, pues el sufrimiento parece dimanar de ellos. Al final, es a los poetas a quienes se les permite amar alocada y dolorosamente.

       No obstante, Jim Jarmusch, el director de la película, los ve de otra manera. Donde uno puede buscar una vida llena de excesos y excentricidades, Paterson nos muestra cómo la vida de un trovador posmoderno no es distinta a una vida convencional;[1] es más, podríamos decir que la recreación cinematográfica hecha por Jarmusch sobre la vida de un poeta, resultaría hasta aburrida de no ser por los textos que escribe de manera cotidiana el personaje en cuestión –obra en realidad de Ron Padgett-, mismos que se nos presentan en oraciones inscritas en la pantalla. ¿Podemos suponer entonces que mediante la poesía, Paterson llena de belleza sus rutinas y hace un paréntesis en su realidad? ¿Insinúa además que la poesía y la belleza en sí sólo se encuentran en las cosas más simples, comunes y sencillas?

       Los días de Paterson transcurren sin grandes cambios, pues él hace lo mismo casi siempre: antes de salir con el autobús para cubrir su ruta, escribe algunos minutos; después del trabajo, da un paseo nocturno con su perro, para luego irse a un bar donde bebe cerveza y saluda a su reducido grupo de amigos. Aparte, no debemos olvidar que vive con una mujer hermosa y comprensiva, Laura (Golshifteh Farahani), quien actúa en un nivel personal y cotidiano como una artista anónima, en el entendido de que decora de forma creativa su casa, tiene su propio negocio de cupcakes, aprende a tocar la guitarra, y sueña con que algún día llegará a ser una famosa cantante de música country, pero, sobre todo, comprende al hombre con el que vive y lo incita a que publique su obra. Para ella, Paterson es un gran poeta.

       Lo disruptivo en este filme radica en el hecho de que invierte la visión estereotipada que se tiene sobre aquellas personas consideradas “grandes”, y aquellas otras consideradas como “pequeñas o mediocres”. Las pretensiones de sus personajes son menores, pero a la vez resultan totales. Paterson es un poeta al que no le importa el anonimato, pues vive sólo en y no para la poesía. Sin un fin, y gracias a ello, no puede ser cosificado, porque no juzga, inventa.

       Al respecto, recuerdo un cuento titulado El dentista, del escritor chileno Roberto Bolaño (1953-2003). Por azares del destino, Arturo Belano –alter ego de Bolaño-, va a visitar a un amigo odontólogo a Irapuato. Salen de juerga y el anfitrión le presenta a un adolescente con rasgos indígenas, el cual al segundo o tercer encuentro les recita varios poemas, mismos que Belano considera entre los más bellos que ha escuchado en su vida. Como el muchacho desaparece poco después, Bolaño insinúa que ese genio irrepetible estaría perdido para la humanidad, si es que no hubiera quedado suscrito al cuento. Tal suceso podría remitirnos al recuerdo de aquel Koan del budismo zen, que se planteaba lo siguiente: “Si un árbol cae en un bosque y nadie está cerca para oírlo, ¿hace algún sonido?”. Las preguntas inmediatas son altamente capciosas: ¿Y si nadie escuchó ese sonido, acaso en verdad ocurrió dicho suceso? ¿Entonces, todo aquello que no oímos no existe, acaso?

       Bien podríamos contestar a esta pregunta parafraseando a Wittgenstein, quien afirmó esto: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo.” Es decir, en opinión de este filósofo, si algo era nombrado, existía. Con base en esto, el hecho de que no exista una recopilación de nuestro poeta anónimo, no quiere decir que no haya existido, y menos cuando el cuento da testimonio de su vida supuesta, aunque lo arrincone en un limbo raro llamado ficción. Pero ¿acaso ahí se salvaría de una parábola quizá estremecedora? No necesariamente. Es más, tal vez por decisión propia, ese poeta no quiere salir a la luz, lo que lo convierte de alguna manera en un espíritu enfrentado al utilitarismo de su propia actividad, a un outsider contra la reificación.

       Pero veamos, ¿qué es la reificación? Este concepto proviene de la jerga marxista, y trata básicamente de “considerar a un ser humano consciente y libre como si fuera un objeto o cosa no consciente ni libre”. Como en nuestra sociedad moderna todo debe ser utilizado para un fin económico, se hace valer la vieja sentencia de que quien no tiene un precio o un valor, entonces no sirve. En esta lógica, las relaciones entre los individuos y entre éstos con sus propias actividades, deben redituar y ser convertibles y asimiladas por una operación simple: oferta y demanda, misma que deviene en dinero. Si por algún error un producto o un esfuerzo escapan a esta relación, entonces la actividad no es más que un absurdo, una perdedera de tiempo, e incluso, ya en el extremo, será considerada como parte de un robo a la sociedad.

       Esto es precisamente lo que explora Jarmusch con su largometraje, dándonos a conocer a un hombre que actúa en forma rebelde. ¿Cómo es posible que este sujeto, concentrado en la belleza que lo rodea, se dedique a exaltar ésta sin ningún afán de lucro, sin el mínimo interés en la fama o en el reconocimiento? Extraño, pero ocurre, convirtiendo a la poesía en un acto de humildad.

       Por último, y como conclusión meramente temporal, podríamos volver a preguntarnos aquí: ¿si un rayo parte un árbol en medio del bosque, pero nadie escucha o ve este hecho, podemos dudar de su existencia? La respuesta no admite réplica: el acontecimiento existe, porque ese árbol no está ahí para ser visto o escuchado, sino para retransmitir centellas durante su ardor.

[1] Trovador posmoderno: Se dice que es aquel cantautor salido de un viejo, sucio y olvidado suburbio, con ilusiones variopintas que van desde cantar, tocar la guitarra y, además, hacer poesía. No existe en lo colectivo, y no pretende nada más la fama de palabra, sino que busca trascender hasta ganar cualquier premio, como un Grammy, un Oscar y, por qué no, hasta un Nobel de Literatura.

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