REFLEJOS

¿De qué hablar contigo?

¿De ese poema perdido,

del abrazo de las muchachas,

del beso de los hermanos,

de ese ardor de la piedra

ante el angustiante sol?

 

Quizá de todo esto,

o nada más de la soledad de la noche,

del canto de los grillos que se hace de pura ausencia,

del sopor lamentable del rayo que rasga el aire,

de tus vestidos transparentes,

del espejo humeante en que se refleja tu sueño.

 

Voy a ti,

sin ofrenda amorosa,

sin sacrificio de sangre,

cual polvo desértico que huye de tanto estar,

y que algún día,

tal vez,

termine depositado no en el trinar de los pájaros,

no en la oquedad de la tierra,

no en el secreto del mundo,

no en la alborada de la esperanza,

sino en el dolor de la palabra final: abandono,

tan terrible,

tan dura,

tan llena de agonía,

que es como si se desgajara el tiempo,

como si el instante triunfara sobre el placer de la carne.

 

Mas el abandono no es la soledad.

Nada tiene de sabor épico,

no hay guijarros que se hundan en la piel,

nombres que se diluyan en la arena,

lágrimas que maldigan un momento cualquiera,

o un deseo insatisfecho,

no hay siquiera un remedo de la nostalgia,

pues el abandono es un transitar furioso hacia la muerte.

 

¿Transitar furioso?

Sí, porque rechaza el drama,

sí, porque se niega a sí mismo,

sin aceptar complacencia alguna.

Es como un tributo a la soberbia,

aquélla en la que el mundo yacía a nuestros pies,

ésta en la que nuestros gestos nos traicionan,

y en la que pareciera no haber redención posible,

ni la del amor.

 

Y ésta, la del amor, menos que otra,

porque el amor es una sombra,

es un grito que cabe en la mano,

sucesión de lunas que se esconden en la noche para surgir,

refulgentes,

en el oscuro sino de mares y ríos,

ahí,

pródigos de tanto caos,

felices ellas de figurar

en la memoria del agua.

 

Por eso,

¿de qué hablar contigo?

¿De ese poema perdido,

del abrazo de las muchachas,

del beso de los hermanos,

de ese ardor de la piedra

ante el angustiante sol?

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