El vértigo horizontal

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Entrada al laberinto: El caos no se improvisa

Los muchos modos de una ciudad

Juan Villoro

[Fragmento de El vértigo horizontal, pp. 32-34. Agradecemos a Editorial Almadía el permiso correspondiente para la publicación de este apartado.]

Cuando el escritor venezolano Adriano González León visitó la ciudad de México se sorprendió al ver este letrero: “Materialistas: Prohibido estacionarse en lo absoluto”. El autor de País Portátil tardó en entender que había llegado a un sitio donde el materialismo no es una corriente filosófica, sino un trabajo de carga y descarga. La mención al absoluto indicaba que los camiones no debían estacionarse ni un ratito. Aquel letrero era en realidad una profecía del estancamiento urbano: hoy en día los materialistas se han estacionado en lo absoluto.

        Después de veinte años de escribir sobre la ciudad, busqué una noción de límite y la encontré en el paisaje. Retrato el último medio siglo de una inmensa ciudad baja. Cada ladrillo que gana altura, reclama el término de este trabajo. Por lo demás, el hecho que en 2016 haya dejado de ser Distrito Federal para convertirse en Ciudad de México también representa el fin de una era.

        Kierkegaard señaló que la vida ocurre hacia delante, pero se entiende hacia atrás. Las explicaciones siempre son retrospectivas. De acuerdo con la mitología prehispánica, los primeros pobladores del Valle de Anáhuac perseguían una imagen profética: el águila devorando una serpiente. Esta conjunción simbólica del aire y la tierra fue avistada a orillas del lago de Texcoco. El sentido visionario de llegar ahí se había cumplido. Sin embargo, como señala el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma, lo interesante es que la historia es posterior a la llegada de los peregrinos. Los fundadores de Tenochtitlan se asentaron a orillas del lago, pero les faltaba la explicación que los justificara.

        Pueblo advenedizo, el mexica o azteca carecía de una tradición que lo realzara. Para dotarse a sí mismo de una epopeya fundadora, se asignó pasados míticos ajenos, el de los toltecas y el de los teotihuacanos. En el siglo xv, los mexicas inventaron a posteriori la leyenda de su grandeza. Desde entonces, México-Tenochtitlan sólo adquiere lógica hacia atrás. Los planes no son para nosotros; nuestra tarea consiste en descifrar un misterio que ya ocurrió.

        El vértigo horizontal se inscribe en esa dilatada tradición, pero depende de un enfoque rigurosamente personal. Martin Scorsese ha elogiado la visión que Woody Allen tiene de Nueva York, entre otras cosas porque es muy distinta a la suya. Propongo una lectura entre millones de lecturas posibles.

        Para Carlos Fuentes, “la Ciudad de México es un fenómeno donde caben todas las imaginaciones. Estoy seguro de que la ciudad de Moctezuma vive latente, en conflicto y confusión perpetuos con las ciudades del virrey Mendoza, la emperatriz Carlota, de Porfirio Díaz, de Uruchurtu y del terremoto del 85. ¿A quién puede pedírsele una sola versión, ortodoxa, de este espectro urbano?

        La ciudad varía con la percepción que de ella tiene cada uno de sus habitantes. A lo largo de sesenta años he vivido en unas doce direcciones diferentes. Todas ellas están al sur del Viaducto y esto define mi mirada. He recorrido parcialmente el laberinto.

        ¿Cómo representar una ciudad que creció alrededor del templo dual de los aztecas y hace unos años sirvió de escenario natural para el apocalipsis futurista de la película Elysium?

        En “El inmortal”, Borges describe una urbe desorientadora, que confunde sin un fin preciso: “Abundan el corredor sin salida, la alta ventana inalcanzable, la aparatosa puerta que daba a una celda o a un pozo, las increíbles escaletas inversas, con los peldaños y la balaustrada hacia abajo”. Esa edificación demencial se debe al ocio de los inmortales, que desperdician el tiempo e ignoran los propósitos finitos. Por momentos, la Ciudad de México suscita un pasmo similar. Escribir sobre ella significa inventarle explicaciones.

 

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