El laberinto de la clandestinidad

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Era sábado, un día particularmente caluroso; llevaba varios días pensando la posibilidad de explorar el gran laberinto que es Tepito. Invité a Flippy, un amigo, el cual no se negó a acompañarme ya que también tenía rato queriendo subir y descubrir el mundo de la piratería. Subimos caminando por República de Brasil, pasamos por Santo Domingo, la plaza de Santa Catarina y llegamos a Eje 1 Norte; nos recibió una enorme plancha de asfalto llena de coches, vendedores ambulantes, gente que camina en ambas direcciones y mucho ruido. Mientras esperamos para cruzar,  al lado de nosotros se encuentra un enano, de pronto pasa una camioneta negra y se detiene, abren la puerta unas señoritas sonrientes y gritan “¡hey, sube chiquito, te llevamos!”, se burlan y siguen su marcha; el enano ni las volteó a ver, supongo que ya está acostumbrado a todo tipo de burlas. Como podemos, pasamos, y el enano también. Más adelante, un jóven está vendiendo sus productos tendidos sobre la calle, grita: “que no le dé pena preguntar por lo que me robo”, “lleve, lleve, lo robado sale más barato”; hay policías cerca, pero ni siquiera se inmutan, supongo que han de creer que es una cuestión de mercadotecnia, para atraer la atención.

            Más adelante, pasa un altar jalado por un chavo. De un lado está la representación de Malverde, lleno de billetes verdes; por el otro, de frente, está la Santa Muerte. La escena se acompaña de  otra persona, la que lleva un cazo y pide dinero a la gente; continúan, algunos les dan, otros los miran con desconfianza.

            Nos introducimos por Jesús Carranza y nos da la sensación de estar en una instalación de Christo y Janne-Claude, con lonas multicolores por todos lados, sin que se vea el fin. Este sitio es atractivo para muchos; el año pasado el artista chino Ai Weiwei visitó la ciudad y, en cuanto pudo, visitó Tepito, Se hizo fotos por estos laberintos y las compartió en las redes; fue la sensación.

            Percibimos un fuerte olor a “carnitas tipo Michoacán”. Se trata de un puesto que está en la esquina, repleto de comensales, pues por acá llegó la hora de la comida. Continuamos, hasta llegar al atiborramiento. Ropa por todos lados, donde destacan las playeras de marcas internacionales, pero que son confeccionadas en las fábricas clandestinas de Nezahualcóyotl. La marca que uno quiera, aquí se encuentra. Por ejemplo, la “polo verde”, con una inscripción LONDON al frente y el número 2 en los hombros, esa que popularizó “La Barbie” tras su detención, como que la llevaba puesta; o bien, la “polo azul”, con el número 3, que también es conocida debido a otro asunto de espectáculo, el del “JJ”, aunque todos reconocen que es menos popular que la anterior.

            Entre tantos gritos, no se escucha con claridad todo lo que ofrecen: tenis de la marca que busque, una flor que se convierte en tanga, micheladas para el día soleado, huevos de tortuga, chicharrones preparados, nieves de 5 pesos con chamoy, productos de novedad, películas que están en cartelera y series con nuevas temporadas, las que están ahorita en la tele o netflix.

No obstante, las películas son el fuerte de esta calle; hay muchos puestos, algunos que se dedican a vender animación, películas infantiles, estrenos, series, cine comercial; otros venden videos musicales de la banda que a uno le guste, claro, están especializados por géneros: grupero, banda, ranchero, rockero, metalero y, mientras uno camina podrá escuchar y ver conciertos de Metallica, David Bowie, Prince, Lou Red, Michael Jackson, Juan Gabriel en Bellas Artes, etcétera. Casi todos venden música y películas comerciales, películas de estreno, las que están en cartelera (para éstas tienen una cartulina con las portadas de los estrenos del mes), en su idioma original, dobladas o subtituladas, te aclaran si ya se ven bien y traen buen audio, si no, te dicen que esperes, no tardará mucho en que salgan bien, pues algunas las toman directamente de la pantalla de la sala de cine y hasta las risas o estornudos se oyen. En estos puestos una película sale en 5 pesos, pero si compras mínimo diez películas, aplican el precio de mayoreo que es de 3 pesos por película.

            De pronto, se escucha un alborto mayor a escasos dos metros de donde nos hallamos. Un grupo de jóvenes intercepta a un individuo solitario que tendrá alrededor de veinte años. Alguien le aplica una llave y le apunta en el costado con un picahielo; otros dos se paran delante del sujeto víctima, acosándolo con un perro; le revisan las bolsas de la ropa, lo despojan de la billetera, le quitan el teléfono, lo golpean en el estómago y lo botan. Se queda retorciendo de dolor, mientras los atracantes se alejan, todos sonrientes. Claro que hay policías, como a veinte metros de nosotros, pero no hacen nada. Son sólo un accesorio.

            Seguimos,  hasta llegar a dos puestos que destacan por sus colecciones. Se dedican a vender cine de autor, “cine de arte”. El primero se encuentra pasando la calle Libertad; es amplio y tiene una variedad significativa, con material que no se encuentra en otros puestos. Más arriba, casi llegando a la calle Estanquillo, se ubica el otro local. Su colección es una delicia.

            Aquí, las películas están clasificadas por directores, sean contemporáneos o clásicos: Ken Loach, Lynch, Kubrick, Tarantino, Kusturica, Fellini, Herzog, Chaplin, Orson Welles, Woody Allen, Almodóvar, Trueba, Truffat, Kurosawa, Anderson, Greenaway, Coppola, Bertolucci, Cronenberg, Von Trier, Scorsese, Fincher, Bergman, Kaurismäki, Malick, Tarkovsky, Buñuel, Godard, los hermanos Coen, Fassbinder, Wenders, Pasolini, Spielberg, Hitchcock, Jarmusch, Antonioni, Polanski, Eisenstein y una larga lista.

            Por si fuera poco, también hay un orden por países: cine Ruso, Alemán, Chino, Japonés, Sueco, Español, Mexicano, Argentino, Francés, Inglés, Islandés, etcétera; sin olvidar los documentales por clasificación cultural: arte, fotografía, política, naturaleza, filosofía, música, ciencia, ópera, jazz, blues. ¡Qué barbaridad! Aquí se puede pasar uno la mañana, y ni se siente.

            Los que están al frente del puesto, defienden su labor de clandestinidad como un aporte a la cultura general, tratando de evitar la basura de Hollywood: “aquí apelamos por acercar estas joyas a todo público, a precios muy accesibles.”

            Salimos emocionados, para caminar luego hacia Fray Bartolomé de las Casas, calle donde tienen una forma peculiar de comercio: están los que venden los puros discos desnudos; enseguida vienen los que ofrecen las portadas, los del estuche y bolsita, cada uno con su apartado, cada cual con su sección, para que haya chamba para todos.

            Ya había estado por acá, cuando Giménez Cacho presentó el proyecto Safari en Tepito, cuyo lema era “Tepito existe porque reziste (sic)”. Nos tocó caminar por esta calle, advirtiéndonos que no pisáramos sobre los montones de basura; no nos dijeron la razón, sólo nos pidieron que lo evitáramos. Nos mostraron los laberintos que atraviesan los vecindarios, donde de plano uno se pierde si no conoce bien las calles. Ese día llegamos al Centro Social y Deportivo Fray Bartolomé de las Casas, que se encuentra al final de la calle, para entrar luego a un vecindario, recorriendo a  continuación varias calles. Nos explicaron que en los lugares donde había tiraderos de basura los contrarrestan colocando altares, los que se caracterizan por lo llamativo, excesivamente iluminados, como uno dedicado a la Santa Muerte y otro referente a la Virgen de Guadalupe. No había discusión ni controversia en torno a la fe, pues esta especie de ruta de altares conllevaba más bien una competencia de vanidades en cuanto  a recursos, y no en cuanto al tema. ¿Cuál era el más grande, y cuál era el más fregón?

            Retomemos nuestro asunto. Flippy y yo estábamos en la esquina de Aztecas, decididos a salir por esa calle hacia Eje 1. Por ahí estaba “La Reina de los albures”, vendiendo ropa. La saludé con un ¡hola!, pero no me respondió. Quizá no me peló, o no me escuchó debido al ruido. ¡Que se salve mi orgullo! Quizá debí comenzar con una  palabra  que diera pie a la conversación en sus términos, para comprobar si deveras era muy salsa, como presumía su apodo.

            Ahí vamos, pues, en nuestro camino, y que se nos cruza un chavo de unos dieciocho años: “¿Qué buscas, carnal” En forma simultánea a su pregunta, extiende la mano y toca a la altura de la bolsa derecha del pantalón. Como no encuentra nada, la retira y me siento aliviado. Sí, ¡vaya que la libramos!

Tepito es un gran laberinto, un largo entramado de lonas multicolores; de arriba no se ve nada, sólo la continuidad de las lonas, abajo es como un largo centro comercial.

 

 

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