Luis Capurro Filograsso, amor y ciencia en el mar océano

El día 8 de junio se celebra el día de los océanos. Ojalá que en las regiones de los altos vuelos sociales y en los de la administración gubernamental, no quedara nada más en la ceremonia oficial y en la discusión académica mediante algún congreso, coloquio o jornada “intelectual”. Es necesario ya –lo ha sido siempre-, sumar esfuerzos y recursos de manera integral, para limpiarlos de la basura y demás contaminantes que les hemos venido endilgando desde hace años. No se trata de preservar sólo determinada especie marina en peligro de extinción; se trata de salvaguardar los mares para la sobrevivencia de todas las especies, marinas o no, incluida la nuestra, la humana y supuestamente la más pensante de todas.

           Ejemplos de ciencia, paciencia y amor hacia los océanos existen en todos los lares, sin duda, y aquí queremos referir uno de ellos: el del oceanógrafo argentino a quien aludimos en el título de estas notas: Luis Capurro, quien naciera un 11 de enero de 1920 en la ciudad de Buenos Aires, para convertirse luego en ciudadano del mundo y terminar sus días a los 96 años, en la afamada, blanca y muy mexicana Mérida.

          Con ascendencia genovesa, no es extraño que este personaje soltara amarras desde niño, con una curiosidad inquebrantable, según reconociera él mismo en el libro testimonial Cuando la tarde se inclina. En las tierras bonaerenses aprendió olores y sabores, aparte de que en 1932 o 1933 lo obligaron a ingresar a la Escuela Naval Militar, tras quedar huérfano de padre.

          Después de superar el abandono y la soledad, encontró su acomodo en la escuela y la ciencia se convirtió en su compañera de vida, sin conformarse nada más con su grado de guardiamarina, sino animándose para viajar a Estados Unidos y estudiar la incipiente carrera de Oceanografía; especialidad que, a su vez, le permitió generar una importante labor de investigación en la Antártida. Desde entonces, nunca perdió tres afanes: el de trotamundos, el de científico y el de maestro, actividades en las que jugó siempre un papel destacado, a juzgar por múltiples testimonios de prensa, de colegas, de amigos y de alumnos, sin faltar los de los críticos y los necios, por  supuesto.

          Desde la década de 1940 en adelante, tan singular estudioso recorrió rutas y senderos en cuyos extremos laborales y climáticos están la Antártida, California, Texas, París y Yucatán, desempeñándose respectivamente como comandante de Fragata, Jefe del Servicio de Hidrografía Naval, profesor en La Jolla (California, EUA), catedrático de la Texas A&M University, College Station, secretario del Scientific Committee on Oceanic Research, representante de América Latina ante la UNESCO (París), y profesor e investigador fundador del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional, sede Mérida, Yucatán. Siempre, en todos estos lugares, realizó su trabajo con una convicción fundamental, basada en el respeto y en el miedo, ya que el mar convocaba a la solidaridad al tratarse de un acto de creación: “La naturaleza en él, peces, delfines, ballenas, todo habla de vida que se pierde en el principio de los tiempos.”[1]

          Según su testimonio, Capurro basó su labor como oceanógrafo teniendo en mente cuestiones básicas, nunca apartadas de un carácter social: trabajar el mar implica manejarlo en forma tal, que asegure su desarrollo sin afectar su estructura, su funcionamiento y sus servicios. Para ello, es fundamental conocer sus características físicas, sin dejar nada a la improvisación, sin preguntas que sobren, ni respuestas que falten: ¿Qué distingue a la tierra con respecto al resto de los planetas del sistema solar? ¿Qué razones académicas y de otra naturaleza hacen necesario el estudio científico de los océanos? ¿Cuál es el problema central que debe resolver la Oceanografía de por sí, como ciencia interdisciplinaria ambiental? ¿Qué significa manejar en forma pertinente un sistema natural o ecosistema? ¿Cuál es el límite y las diferencias entre cada uno de los océanos del mundo? ¿Cuál es la transición geológica de los continentes? ¿Qué son las cuencas oceánicas? ¿Qué es una corriente de playa? ¿Cuáles son los mecanismos de transporte de los sedimentos de mar? ¿Qué es la erosión marina y cómo se evita? ¿Qué son los mapas y las cartas náuticas?

           Para contestar éstas y otras preguntas, el doctor Capurro escribió tres tomos de un curso de Oceanografía general, aparte de multitud de artículos sobre la geología marina, reparación de mangle, geografía física, meteorología marina, salinidad, sedimentos y demás tópicos, con una conclusión tajante en todos ellos: cualquier cambio en determinado mar, implica un cambio en todos los mares del mundo.

           Refiriéndose a México y a su natal Argentina, este hombre de océanos hizo una petición muy sentida apenas cumplió los 95 años: que las instituciones académicas cubrieran las posiciones estratégicas en investigación, sobre la base de las necesidades reales, y no sólo de acuerdo a las vacantes que surgieran. A su vez, también plasmó un anhelo, que es todo un llamado a la conciencia social:

Ojalá que pronto surjan investigadores que nos devuelvan la alegría, investigadores que alejen la burocracia, no para salvar al mundo pues esto es tarea múltiple, sino tan sólo para que cada quien trabaje con el debido respeto hacia la sociedad que lo ha hecho, con el pueblo que le paga. Esto no es retórica, ni una frase dramática; es una realidad: estás en una institución pública, te debes al pueblo. Listo. Y si estudias allí, sin pagar nada y aparte gozas de una beca, con mayor razón. No es complicado entender esto. México y Argentina estarán mejor cuando respeten esto, cuando aprendan que la ciencia tiene que ser democrática por sí misma, tiene que ser ética por obligación, tiene que ser participativa por convicción, además de que tiene que ser alegre porque contribuye a la felicidad de todos. Si la ciencia no es así, entonces no es ciencia, se queda en tecnología y en explotación.[2]

¡Vaya cosa! Gracias, doctor Capurro, por su labor en pro del conocimiento hacia los océanos. Un saludo donde quiera que se encuentre su memoria, y que sus palabras ciertas sigan moviendo intereses colectivos.

   

[1] Jesús Guzmán Urióstegui, “Cuando la tarde se inclina …”. Luis Capurro Filograsso, una historia de vida, México, Editorial Los Reyes, 2015, p. 60.
[2] Ibid, p. 115.

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