#19S la derrota de los Millenials por los Millenials

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Rober Díaz

@betistofeles

Una prole de jóvenes nos rodean, algunos llevan picos y palas. Otros botes con los que, presumiblemente, sacarán escombros. Unos llevan guantes y cascos, a ciencia cierta no comprendo de dónde los sacaron, cómo es que estaban tan preparados para este momento. En ellos no veo miedo sino solo disposición y euforia. Parecen una pandilla…

La creencia

Creí que el D.F., en un minuto, iba a romperse en dos partes. Que de aquel quebrantamiento una inmensa barranca allanaría con forma de falla tectónica   lo que hoy es esta ciudad, dejando al descubierto antiguas pirámides derruidas. Cuando el movimiento de 7.1 grados Richter sacudía el edificio donde trabajo pude ver las verdaderas caras de las personas que trabajan conmigo, o al menos eso creí ver; el pánico instalado en el cuerpo que con poco tiempo de adecuar los gestos de la cara a las convenciones sociales, transfiguraba sus rostros aburridos y monótonos por otros rostros, unos más envilecidos y paralizados de miedo. Fue como haber visto que de súbito envejecían y me recordó a aquellas fotografías en donde se compara el antes y el después de un adicto a alguna sustancia, toda esa descomposición que transforma a lo largo de los años a los adictos sucedía, de alguna extraña manera, en unos segundos.  Aquella gente al verse en un peligro inminente de muerte, delató nuestra pobre convivencia con el Caos y nuestra nula empatía para rebelarnos a ese otro daimon en el que poco creemos y al cual sin embargo, en aquel momento nos encomendamos: el destino.

Los millenials

En el edificio donde trabajo para la SEP ubicado en el número 127 de la calle de Nezahualcóyotl en el centro de la CDMX, preferimos abrazarnos ante la incertidumbre que el movimiento telúrico avisaba, en cualquier momento, podía tirar el edificio. No escuché rezar a nadie, a lo mejor eso nos definía ya como una generación de Millenials (esa generación nacida entre 1980 y el año 2000 a la que se le ha tachado de buena para nada) ortodoxos a los que poco le importan los sucesos trascendentales (como la historia, la política, dios o el diablo, aparentemente) que a bien –o tal vez para mal– acepta morir de esa forma, abrazándose para evitar que alguien se callera en el suelo de un noveno piso, mientras el edificio se tambaleaba, sin buscar realmente salvarse huyendo sino simplemente guardando un riguroso orden para preparar el desenlace. Nos atuvimos al mantra sacerdotal con el que nuestras escuelas fueron tapizadas y con el cual crecimos: no corro, no grito y no empujo.

La rebeldía

Solo una persona de nuestro piso rompió con nuestro código de seguridad, con los protocolos que habíamos, puntualmente, seguido apenas dos horas antes al haber llevado a cabo un mega simulacro, celebrando otro sismo que luego de 32 años y exactamente el mismo día –9 de septiembre– había semi-destruido a la capital del país, sólo que en el año de 1985. No creo que esta persona al regresar a las actividades normales de trabajo, tenga vergüenza porque dentro de los cabales, quienes en realidad los habían perdido, habíamos sido nosotros, aquellos que decidimos abrazar las vigas para que luego del colapso salvarnos, o que de menos nos rescataran, aquellos que habíamos elegido soportar la muerte estoicamente para favorecer el orden sin romper las reglas.

No corro, no grito y no empujo

Mientras recuperamos el aliento tras el terremoto, nos dimos cuenta que el edificio había soportado los movimientos telúricos. Listos para desalojar en la escalera de emergencia ahora sí había mujeres y hombres mayores rezando, temblando y sollozando. Estar vivo en ese momento tomaba un nuevo cáliz, no se trataba de la permanencia a la que estábamos acostumbrados, se trataba de haber superado un estado inminente de muerte que nos habría el camino hacia otro estado: el estado de oportunidad. Esa segunda oportunidad nos convirtió a todos, errabundos pero dóciles parroquianos de los consejos de Protección Civil en seres victoriosos, que obtenían por su obediencia, la vida; sin embargo aún no estaba claro si el no corro, no empujo y no grito ayudaría para detener las grietas amenazantes en los pasillos, los plafones a medio caer, las lámparas desajustadas, las escaleras hendidas, las puertas descuadradas, no era suficiente con aquella oración aunque nadie la desacató. La educación civil sorteada por mi generación, la ayudó a llegar a un buen fin y escapar del terremoto.

El suicida

Afuera en la calle de Nezahualcóyotl, luego de momentos de histeria colectiva vividas tras la muerte de un hombre que se desnucó por aventarse de un segundo piso del edificio de enfrente, la gente parecía tener más claro hacia dónde ir. Está en tierra, atrás ha quedado la imposibilidad de luchar por la vida; ahora en la calle todo depende de las astucias particulares y sin embargo, nadie rompe con las formaciones, todos van caminando ordenadamente hacia el destino que nos había fijado el simulacro que un par de horas antes habíamos celebrado. En el camino alguna chica con uniforme de limpieza cayó desmayada y tuve que saltarla porque cuando quise asistirla sus compañeros la protegieron. A lado de mí una señora comenzó a tener arcadas, el estrés luego de toda aquella contención le exigía desalojar del cuerpo, todo el miedo; llorando, gritando o vomitando.

Los extraterrestres

Llegamos a dos cuadras del edificio donde trabajamos a la plaza de Tlaxcoaque, punto de seguridad designado por la autoridades, en el trayecto de alguna forma restablecimos nuestro viejo orden, pero esta vez éramos otros: los sobrevivientes; pienso mientras avanzo, previendo que aún un espejo al caerse podría matarme: a algunos esta condición les traerá nuevas responsabilidades, a algunos nuevas preguntas y también, a otros no les traerá nada, solo un mal momento, en el que se perdió tiempo, solo un día que no querrán recordar. El terror se convierte en reacción, me muevo de la plaza Tlaxcoaque con mis compañeros, ellos van a sus autos en los estacionamientos. Eligen una casa cercana para reunirse y entender qué demonios pasó, me invitan a ir con ellos, yo les digo que no, que quiero ir a ver a un amigo que vive cerca, apenas dos cuadras hacia el Eje Central en la calle de Echeveste. Me despido y camino; me encuentro a mi amigo que me dice que al terminarse de bañar, todo le dio vueltas, que desnudo no podía meterse el pantalón, que encuerado se había revolcado en el suelo de su baño gracias a las oscilaciones de la tierra. El edificio en el que vive data del s. XVII, pensé que te había “cargado el payaso” le dije y me contestó: acompáñame, voy a ver si mi suegra está bien. Lo sigo, atravesamos por toda la calle de Regina hasta llegar cerca del metro Candelaria. La gente no se ve asustada. Los comercios siguen con su oferta, las prostitutas que merodean Circunvalación no parecen tener miedo. A pesar de lo podrido y el mal estado en el que se ven algunos edificios cercanos al mercado de la Merced, parece que no ha pasado nada. Algunos comerciantes comentan soterradamente detalles de su sismo, mientras siguen vendiendo. Por el celular comienzan a llegar mensajes de edificios derrumbados, en Facebook mis contactos aseguran estar bien. Comienza a hablarse en la red de las brigadas espontáneas que se están creando para ir a los puntos donde ya se sabe hubo derrumbes. Una cadena en Whatsup, habla de los edificios colapsados, de las personas atrapadas.  La suegra de mi amigo está bien, parece que la Merced es un territorio aparte, un espacio escindido que tiene su propio ritmo, sus propias horas y sus propios habitantes. Regresamos hacia el Zócalo para dirigirnos  a la calle de Uruguay, veo a tres personas paradas en la acera frente al restaurante La Legendaria mirando hacia el cielo. Volteo con ellos a verlo también. No lo puedo creer pero ahí están, son tres esferas que parecen globos metálicos y la gente comenta: “siempre que pasa algo, esos hijos de la chingada se aparecen”. ¿Quién? Me pregunto a mí mismo, con sorpresa pero también con expectación e incredulidad. Otro dice: “para mí que no son ovnis sino son los pinches gringos que andan por todo el mundo chingando la madre”.

El silencio

De regreso en la casa de mi amigo, tenemos la oportunidad de escuchar música a gran volumen, estamos nerviosos, aún sin confesar que tuvimos miedo de morir pero que la libramos y ahora también hay porqué celebrar, pero ninguno de los dos lo intenta. Sabemos que todo afuera está mal, que hay gente que necesita ayuda. Los informes nos hablan ya de un número cuantioso de muertos. Las imágenes y videos en la web nos permiten constatar que el temblor fue aún más duro de lo que lo sentimos. Caemos en cuenta que pudimos haber muerto, que nos salvamos porque de casualidad el edificio en el que nos encontrábamos resistió. Que es una fuerza más allá de nuestra comprensión la que ahora nos tiene con vida. Hay silencio y expectación. Un altavoz corta aquel silencio diciendo que si no tenemos que hacer nada en las calles, es mejor no salir, pues entorpeceríamos las labores de rescate.

          Comemos, pero también nos preparamos para ir hacia la calle de Chimalpopoca y Bolívar muy cerca de la casa de mi amigo. Sabemos que ahí una fábrica se cayó, que hay gente atrapada, que no se sabe el número realmente, algunos dicen que 15 personas, otras que no podían ser menos de 50; se necesitan manos para quitar escombros.

El México bronco

Al salir hacia la fábrica caída, una prole de jóvenes nos rodean, algunos llevan picos y palas. Otros botes con los que, presumiblemente, sacarán escombros. Unos llevan guantes y cascos, a ciencia cierta no comprendo de dónde los sacaron, cómo es que estaban tan preparados para ese momento. En ellos no veo miedo sino solo disposición y euforia. Parecen una pandilla, los veo como los vi a lo largo de mi vida durante los conciertos masivos de música a los que fui: sabían a dónde iban, igual no sabían muy bien a quién iban a ver pero eso no los detenía. Comprendo: así es mi generación, no hay certezas absolutas, no hay un conocimiento de causa, sencilla y llanamente hay entusiasmo, una ira sin conocimiento y solo información que los puede hacer reaccionar de este modo: quieren ayudar pero tampoco lo harán como soportaron el temblor: temerosos y resignados. Esta vez la reacción y luego de la oportunidad de seguir viviendo si es que es una oportunidad o el regalo de una fatalidad misteriosa, no los agarrará abrazados a una viga. Están en las calles, las calles son suyas; con esa nueva propiedad se vuelven líderes naturales y casuales. Saben a quién obedecer: no es a la autoridad de enfrente, no es al uniformado que presume saber qué hacer, porque a ciencia cierta saben que nadie lo sabe, que es momento de sacar toda esa contención, toda esa frustración que las circunstancias, la corrupción y un estado de injusticia generalizado les ha colgado por el cuello. Hay un desacato a las formas, aunque ellas les hayan permitido sobrevivir, ese momento de cobardía ha sido superado.

          Ahí, está el ejército, la marina, las policías pero la gente no les hace caso y le dictan a la autoridad el ritmo que este rescate llevará. Comienzan a intervenir desaforadamente y desbordan a los representantes que no tienen más que hacerse a un lado o confrontar a estos jóvenes que no tienen tampoco mesura, que no tienen contención.

          Hay gritos, pero también puños cerrados que quieren decir silencio, porque debajo de esos escombros está un sobreviviente desconocido que es buscado. Había oído hablar del México bronco y no lo había visto, pero en Chimalpopoca y Bolívar, los voluntarios y rescatistas de los barrios vecinos me hicieron conocerlo. Ese México, bien dicho, ha estado dormido pero este temblor parece que los ha despertado.

   Rober Díaz (Colombia 1982) Escritor hiperrealista, filolúmeno, sicalíptico y filibustero. Vive en un viaje de efedrina entre el DF y Oaxaca; es adicto a la carne de puerco.

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