Matilda. La emoción por el libro

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El primer encuentro

Anduvimos en la Feria del Libro del Zócalo, recorriendo los locales de diversas editoriales: Almadía (“Lleve sus ricos y deliciosos libros oaxaqueños”), Ediciones Acapulco, Libros del Zorro Rojo, Ediciones Tecolote, Kalandraka, Thule, sin olvidar las grandes casas que absorbieron a varias editoriales. Hojeamos libros y más libros, pero volvimos a casa sin ninguno; era una ocasión sólo para explorar.

Segundo encuentro

Regresamos a la Feria del Libro para adquirir algunos títulos, entre ellos La vida instrucciones de uso, de Georges Perec. Estaba de oferta y eso aproveché. Lo he tenido en mis manos antes, en dos ocasiones, y en ambas terminé regalándolo. Más tarde, visitamos Ediciones Tecolote, donde compramos y platicamos con Erik Fonseca, quien nos habló de un proyecto que trabaja por su cuenta: una biblioteca en un triciclo, a la que la gente le puso por nombre “Matilda” (la Mati), como el libro de Roald Dahl. Igual estaban ahí Lupita y su hija Kopil, las que me comentaron sobre su pasión por los libros y la música, arte en la que Kopil ejecuta el violín.

Tercer encuentro

Pasada la Feria, nos encontramos a Erik en un café del Centro Histórico. Quedamos en vernos pronto.

Cuarto encuentro

Sucedió más pronto de lo que imaginábamos: un día después de la vista anterior. Llegué y tenía una torre de libros traídos como tesoros de Donceles; se los mostraba a Lupita. Fue entonces cuando platicamos sobre “La Mati” y respecto a su labor como librero. He aquí algo de la conversación.

¿Qué dio origen a Matilda?

Vengo de familia de libreros de medio tiempo. Desde niño he ido sumando libros a una biblioteca personal, la cual tendrá aproximadamente unos mil ochocientos libros, de todos los géneros y todos los temas. Algo de lo que me di cuenta, es que me gusta compartir esas lecturas con las demás personas; me gusta que éstas me compartan sobre los textos que han leído, puesto que sus opiniones siempre son diferentes a las mías.

       Todo empezó hace unos dos años o dos años y medio, cuando me encontré sin dinero, desempleado. Antes, daba funciones de cuentos, a eso me dedicaba de tiempo completo, pero los pagos no salían; entonces, una maestra me adelantó un pago de dos funciones y, ya con ese dinero, compré algunos libros. A estos libros les sumé otros que ya tenía y, en una maleta, salí a las calles para venderlos. Anduve en Coyoacán, en el Centro Histórico, la Roma y otros sitios.

       Me paraba en cualquier lado, abría la maleta y no faltaban los curiosos; era muy tímido para vender un libro, me daba pena ofrecerlo, esperaba hasta que alguien se acercara y me preguntara si los vendía, los prestaba o los regalaba. Por fin me animé a hablar y me fue mejor. Conforme los fui vendiendo, compré otros, de manera que la maleta creció. Me quedé en Coyoacán, y ya las personas terminaron por conocerme. No obstante, un buen día, que me pagan lo que me debían, hecho que aproveché para pagar mis deudas. Como también me cayó trabajo, dejé un poco esto de los libros.

       Sin embargo, hace año y medio me entró la tentación de abrir una librería; pero una librería requiere de mucho dinero, el cual yo no tenía. Para juntarlo, empecé a trabajar en una cafetería, aparte de que le comentaba a mis amigos lo que pensaba hacer. Así, me apoyaron con libros, o me dieron trabajo: “consígueme tal libro”; se los conseguía y se los vendía al precio que me costaban, aunque ellos siempre me daban de más. Me decían: “que eso se vaya para tu proyecto”. Con esas aportaciones, fui juntando el dinero y, al cabo de nueve meses de trabajar en la cafetería, por fin reuní el dinero para armar la bicicleta con un librero.

       Al principio no tenía nombre ni forma, mas se le fueron sumando otros interesados. La idea era que rodara en Coyoacán, que estuviera en todos lados, que en cualquier esquina encontraran libros accesibles, incluso periódicos viejos, algunas películas. No tenía definido cómo iba a ser: quizá un triciclo tamalero, o una bicicleta normal, con una caja atrás en la parrilla, como la de los voceadores; incluso, podría ir la maleta con libros. Decidí invertir en algo que fuera atractivo visualmente, y me lancé a hacer el triciclo. Cuando le conté al herrero lo que quería, y para qué lo quería, me dio un precio especial, porque se le hacía un buen proyecto cultural, el cual, aparte, iba a estar cerca de su casa.

       El segundo día que salí a la calle, llegó una chica que tenía un centro cultural y me dijo: “yo quiero que tu bicicleta esté dentro de mi centro cultural”. Tras pensar en las oportunidades que tendría mi proyecto para crecer, decidí entrarle. Como el centro cultural estaba dedicado a los niños, tuve que cambiar todo el material que tenía, conformando una buena selección de libros infantiles. Funcionó muy bien, de manera que invitamos a las personas asistentes para que le pusieran un nombre. Hubo varias opciones, y ganó Matilda.

       A partir de ahí, se le conoció como la “Librocleta Matilda” o “La Mati”, de cariño. Debido a que en el centro cultural estaba sólo los fines de semana, los demás días me iba a algunas cafeterías de Coyoacán, ofreciendo siempre una buena selección de editoriales independientes: mexicanas, españolas y sudamericanas. Como el espacio es pequeño, procuro cuidar y mantener el nivel de calidad.

       El proyecto está dirigido al público en general. Por eso tengo literatura de todo tipo: universal, mexicana, contemporánea, clásicos infantiles, fotografía, poesía en diversas lenguas. Intento tener variado, para que la selección de cada libro sea un diálogo multidisciplinario. Fíjate, algo que descubrí es que los llamados libros infantiles les encantan a los niños, a los jóvenes y a los adultos. Por lo mismo, no creo en la categorización o clasificación de literatura infantil. Hay libros que a los niños no les llaman la atención, pero que a los adultos sí les dicen algo; les mueven esos libros, tal vez por nostalgia, o por melancolía.

       Debo reconocer que el tamaño no me permite tener todo un acervo; por ende, si vas por un libro en específico, probablemente no lo tenga. Mi propuesta es diferente. Por ejemplo, vas a la librería por un libro en específico; gracias a la base de datos que tienen, lo encuentran, te lo dan, pagas y se acabó. Aquí no. Aquí es al revés; la idea es que cada uno llegue sin saber qué es lo que se va a encontrar, y eso provoca una interacción entre el librero, los libros y el futuro lector. De esa forma, aunque no vayas pensando en un título concreto, seguramente ahí vas a encontrar un libro que te va a llamar la atención, y te lo vas a llevar.

       También, la idea no era tener sólo libros a la venta, sino hacer intercambios y préstamos. En ciertos lugares se permite que las personas escojan un libro, el cual pueden hojear mientras se toman un café. Luego deben regresarlo, siempre con la consigna de que no lo maltraten, que no le derramen el café encima, porque hay más personas que lo pueden disfrutar. De hecho, la misma persona, si no tiene posibilidad de comprarlo, puede ir a leerlo dos, tres veces, hasta culminarlo. En lo que toca al intercambio de libros, se puede hacer con los que hay, o se pueden quedar en consignación, o en donación. La elección depende de cada sujeto.

       Actualmente, el proyecto lo adoptó ya una librería de la Nueva Santa María. Comenzaremos a trabajar con ellos, a ver cómo funciona. Se trata de una colonia familiar, donde casi no hay jóvenes, por lo que vamos a hacer una selección especial para la zona, con la intención de que se acerquen a la librocleta. Es factible que no compren algo, pero se van a llevar una buena charla sobre libros o sobre cosas cotidianas.

¿Cuáles son tus antecedentes libreros?

Quizá la parte romántica es la de mi bisabuelo Andrés Fonseca. Estuvo con los Porrúa, desde el momento en que fundaron la librería. Él era contador y le daban muchos libros. Al llegar al punto en el que ya no quiso estar trabajando para los Porrúa, les pidió que le dieran los libros de saldos, libros maltratados, libros que ya no iban a vender, o que no se habían vendido. Se los dieron, y con ellos mi bisabuelo puso la primera librería de viejo que hubo en Donceles. Esto ocurrió a finales de los años 1930, inicios de los cuarenta. Cuando la renta subió, tuvo que buscar otro lugar donde pudiera vender sus libros. De esta forma, de Donceles 101 pasó al tianguis de La Lagunilla, convirtiéndose en uno de los pioneros de los libros de tianguis. Él vivía en Peralvillo, y de ahí se iba todos los domingos para allá, con su carga en el diablo.

       Con el tiempo, varios de esos libros se quedaron en la casa materna, como parte de una biblioteca familiar. Después, ese acervo se incrementó con otros libros que aportó mi mamá. Por los años 1980, ella y mi tía trabajaban en Educal (El Correo de Libros), en el puesto que estaba en la plaza de Santo Domingo. Al cerrar este kiosco, le ofrecieron los libros a mi mamá, la que aceptó con gusto. De ahí pasaría a trabajar a la Biblioteca México, lugar en el que conoció a mi padre. Así, los libros de Porrúa y los libros de Educal, pasaron a ser de mis primeros libros.

¿Tus primeros recuerdos, son libros?

Tengo en la mente dos sucesos al respecto. Primero, mi paso por la estancia infantil de la Biblioteca México; segundo, una colección de la editorial Colibrí, la cual creo que ya ni existe. Son libritos de color naranja, cuadraditos y en cada ejemplar venían tres cuentos. También recuerdo las primeras ediciones de una editorial que se llama Cidcli, así como una colección que se llamó Edilin, que ya no existe. Cuando estaba un poco más grande, mis tíos pasaban por mí y una parada obligatoria era la librería Gandhi, cuando aún funcionaba con estas características, antes de convertirse en un supermercado de papel impreso.

       Tengo todavía muchos libros y cómics de esa época. Debido a que en casa no tuvimos televisión sino hasta que cumplí los nueve o diez años, los libros eran el entretenimiento cotidiano en días soleados, días lluviosos, entre semana o fines de semana. Otro de los recuerdos más cercanos corresponde a una colección de lecturas clásicas para niños, hecha por Vasconcelos en los años veinte y que la UNAM retomó en la década de los ochenta, siglo pasado.

¿Cómo visualizas el proyecto de “La Mati”?

 Me agrada la idea de pensar en “La Mati” como un puente entre el libro impreso y las personas de cualquier edad. Pensando de manera capitalista, me gustaría poder generar un proyecto donde haya una “Mati” en diversos puntos de la ciudad,  todas avaladas y adoptadas por la gente.

Quinto encuentro

Libros en el parque, en la calle, en cualquier espacio público: “Un libro es para habitarlo, más que para leerlo. Los libros son como hogares” -eso comentó Erik Fonseca-. Hicimos una sesión de fotos en la colonia Nueva Santa María, alrededor del Parque Revolución. En estos momentos, “La Mati” se encuentra en un café llamado Minichelista (lugar que parece la casa del herrero, pues todo está hecho de tuercas y material reciclado, con mesas y sillas impresionantes). De aquí, espera rodar por varias calles y colonias para llegar al Centro Histórico, y luego seguir deambulando por otros espacios de la ciudad.

ek_fonseca

 

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