Paso del Norte

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Thomas Motta

La radio sonaba bien y bonito. Había de todo. Guapachosas, como: “Se va el caimán”, “Se me perdió la cadenita”, “El sirenito”, “Mi Matamoros querido”; rancheras, por ejemplo: “El rey”, “Me caí de la nube”, “Paso del Norte”, o “La banda del carro rojo”. Puros éxitos traídos directamente desde la famosa Ranchera de Monterrey. No faltaban las radionovelas, por supuesto, Kalimán entre ellas. ¡Qué nostalgia! Luego, sonidos de guitarrazos, tamborazos, corridos, y uno que otro bolero. Eran los últimos años de la década de 1980.

       Tal vez era primavera en ese pueblo del Sur; pueblo de caminos de tierra y polvo. Recién había entrado el primer automóvil. Antes de eso, para transportarse nada más se usaban los caballos, burros y mulas. Después de ese acercamiento con la civilización, llegaron luego los refrescos con gas y las cosas enlatadas. ¿Ahí comenzó el mal?

       Como un presagio, vinieron las noches de borracheras interminables, y los despertares inquietos en la madrugada, sueño interrumpido por el ruido de las camionetas, las que no paraban de dar vueltas por las dos únicas calles que configuraban el pueblo. Y no faltaban los disparos al viento y los gritos de los más valientes, aquellos que se sentían dueños del pueblo. Algunos logramos salir por esas fechas; otros, se quedaron a soportar hasta que la inseguridad los hizo huir. Para esto pasaron más de dos décadas.

       De los últimos años que vivimos en nuestra casa de adobe y teja, sólo recuerdo algunos fragmentos, intermitencia de lugares y personas, más la secuencia de los cerros, uno tras otro, hasta que se fundían con el cielo en una gama de azules grisáceos -como en la canción-, sólo que en este caso eran surcos de montañas.

       De los múltiples juegos de esas remembranzas, hay uno que me persigue.  Ocurrió en una mañana eterna, en la que no acababa de amanecer y calaban el frío y la humedad. Había un enorme muro de piedra y lodo; más allá, un árbol de jacaranda con muchas flores, de un morado intenso; también estaba un tamarindo, árbol enorme que parecía un gigante observándonos día y noche, con su imponente sombra y sus largas ramas. Éste era el lugar preferido para jugar a las escondidas, para trepar y poner columpios. Al fondo, suenan unas campanas y una camioneta arranca, con dos hermanas que suben a ella por la parte trasera. Una de ellas estuvo a punto de caer, pero alguien la alcanzó por los brazos y evitó que se fuera de espalda; la otra, entre la sorpresa y la emoción, sólo estiró los brazos.

       Ese día partían al Norte. Tenían que hacer varias escalas; la primera, en la cabecera municipal, de donde partirían por la noche con dirección a la ciudad de México, debido a que sólo había una corrida a media noche. Después de llegar a la gran ciudad, esperarían un autobús que las llevaría a la frontera norte, a Tijuana en específico. Supongo que no importaron las escalas intermedias y el cansancio en las piernas y en la espalda. Les ilusionaría, quizá, pensar en lo que había más allá de la frontera, después de los ríos y los cerros. Nosotros, lo único que sabíamos es que se iban a un lugar muy lejano, al que llegarían después de mucho tiempo, de varios días de viaje. Así medíamos la distancia.

       Más tarde nos enteramos que ya habían pasado, que ya estaban del otro lado, en el Norte, una distancia infinita por fin alcanzada. Luego, la distancia se fue acortando con falsas promesas de regresar pronto, que “seguro pasando el verano”. En dicha espera, la madre les preparó tlaxcales, para que no se perdieran la cosecha de ese año; hasta los puso a secar, suspendiéndolos del techo para evitar que se descompusieran. Pero nadie volvió esa temporada, por lo que todo se fue al olvido.

       Así transcurrieron los años, sin faltar las sorpresas gratas, entre ellas las remesas y la esperanza de un futuro mejor. Nos enteramos de los cambios físicos y culturales, por supuesto: los quilos de más, o de menos, el cambio de color en el cabello, el uso del pantalón, la adquisición de un auto. Lo que no cambió fue la promesa. “Que ya vamos, pronto, tal vez para fines de año”. Y otra vez, que siempre no, que ojalá que para el próximo año. Finalmente, los matrimonios y los hijos hicieron que la idea del regreso se esfumara. Mejor ocurrió al revés: pasado el tiempo, los padres y los hermanos se reunieron con ellas en el gabacho; si las hermanas no volvían, era mejor alcanzarlas, con buena o mala fortuna, pero juntos al último.

       Pareciera que la demás gente del pueblo también quiso verlas, o emularlas, pues poco a poco mi tierra se fue quedando sola, abandonada, sin perro que le ladrara. Ahora está en ruinas, con una que otra voz que irrumpe en el reino del silencio. Sugiere una especie de Comala, pero en el Sur (a tu lectura, Rulfo). El pueblo se va llenando de vegetación, se está reforestando en automático, reconstruyendo lo que los habitantes nos devoramos.

       Los cerros se llenan de flores en septiembre, y desde lejos se puede notar el amarillo intenso con que se cubre mi querencia desde el cerro del sur, hasta el cerro del panteón que se encuentra al norte. Un día, le pregunté a la abuela sobre lo que significaba morir, y si la gente muerta podía volver alguna vez. Ella respondió enérgicamente: “No, hijo, ellos nunca vuelven, nunca de los nuncas.” No me quedó duda. De las dos hermanas, llegan noticias en forma eventual: una ya vive en Tijuana, mas la otra partió un día, no al sur, no al norte; se fue a un lugar del que no se vuelve “nunca de los nuncas”, como dijo mi abuela.

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