HISTORIA Y EDUCACIÓN. EL JUEGO DE LA CONCIENCIA

La educación no es nada más enseñar o aprender a leer y escribir, pasar la prueba, saber el silabario y mucho menos retener hasta memorizar nociones aburridas que luego no sirven para nada; educación es aprender y saber cómo vivir entre la gente, aprender y saber cómo respetar nuestra integración con la geografía, y aprender y saber cómo ser humanistas.

       Lo anterior pareciera ser voz común desde hace medio siglo por lo menos, entre los intelectuales y estudiosos del ámbito pedagógico; sin embargo no lo era en la década de los años 1920, cuando lo escribió la profesora Evila Franco Nájera, quien se formaría en la práctica con la tutela de la docente académica Macrina Vázquez Rabadán en el poblado de Teloloapan, Estado de Guerrero, México.

       Valga el recuerdo, porque en este octubre de 2020 –al revisar los papeles de varias entrevistas que hice en el año 1986-, me encontré con el texto anterior, lo que a su vez me llevó a reflexionar sobre aquellos maestros que han marcado mi devenir en el rubro de la historia, y hablo aquí no de los que he leído únicamente, y sí de los que he tenido enfrente en clases exigentes, duras, condicionantes y lúcidas, o en pláticas cálidas y sabias, de ellos hacia mí, por supuesto: Evila Franco Nájera, Teresa Escobar Rohde, Ernesto Lemoine Villicaña y Andrea Sánchez Quintanar.

Evila Franco Nájera

Nació el 30 de mayo de 1888 en el seno de una familia liberal y de recursos suficientes, debido a que el papá tenía un cargo importante en la burocracia porfirista de Teloloapan, Guerrero, México. No obstante, a los siete años cambió su perspectiva porque la orfandad la llevó a la casa de sus abuelos maternos, los que vivían en una situación menos holgada.

       Con ellos entraría en contacto con Macrina Vázquez, quien la involucraría en el mundo de la cultura sea en veladas musicales, clubes de teatro, centros de lectura, organizando todo sin apoyo oficial, tal y como lo dio a conocer un periodista en el Diario del Hogar del 17 de agosto de 1902, al referir que las integrantes del Club Josefa Ortiz de Domínguez rechazaban la intervención de las autoridades en sus eventos, para no perder su autonomía e independencia ante tutorías dañinas.

       Después de ser ayudante de contabilidad de varios comerciantes, así como secretaria en el Ayuntamiento y oficial mayor en la Prefectura, para 1910 tenía ya la dirección de una escuela primaria particular, cargo en el que se sostendría hasta que la revolución llegó a Teloloapan en la segunda mitad de 1911. Consciente de que vendrían muchos cambios, a partir de entonces la señorita Evila enfocó su atención de forma permanente en el rubro educativo.    

       Así, tras exigir a la Secretaría del Gobierno Revolucionario que fundara escuelas, junto con su tutora y con Ana Barrios recorrió las calles de Teloloapan para recoger a los niños casa por casa, antes de las ocho de la mañana, regresándolos de igual forma a la una de la tarde.

Nunca tuvimos un sueldo completo, pero ahí estábamos. Además, como en ocasiones no había dinero, generalmente nos daban un vale de siete pesos 50 centavos cada semana; vale que a veces había que ir a intercambiar hasta Iguala, más que ir a cobrar. Como ya le dije, nadie nos daba ni gis ni pizarrón. Nosotras cosíamos y remendábamos todo lo que nos pudiera servir. Se estudiaba con el libro que se tuviera en casa, pero no se desaprovechaba el tiempo. Era la única manera para que los niños y niñas no se quedaran sin educación.

       Si nos iba bien y había diversos productos, por el vale nos daban arroz, maíz, frijol, etcétera. Otras veces nos teníamos que contentar con puro piloncillo que los rebeldes recogían de la fábrica de Atlixtac. Luego, teníamos que vender el piloncillo para ayudarnos.[1]

Aparte de esta labor educativa, la profesora Evila también se involucró en la Sociedad de Protección y Ayuda Mutua denominada Supremos Ideales, misma que contaba con más de doscientos socios activos dedicados a trabajar en pro del municipio ya con trabajo personal en obras materiales, ya con dinero para pagar peones.

       En ese entorno apoyaría la labor de poetas como Crisóforo Menes Campuzano y Camerino Jaimes; a la actriz Leonor Cuevas Cuevas, a su vez fundadora de la Sociedad de Artistas Esquilo; a la fotógrafa Sara Castrejón; multitud de historias cotidianas que a lo largo de los años interpretó y revaloró como actos vitales. No en vano Schubert seguía presente en ella; no en vano Emiliano Zapata ejemplificaba lo trascendente de la lucha campesina; no en vano guardaba en su memoria poemas que recibió de sus amigos durante los años de 1910 y 1911, como éste del vate Menes:

La luz sus oros diluye,

luce argentado el rocío,

y alborotándose el río,

musita un himno triunfal,

y con sus dedos sutiles

el alba que se despierta

está llamando a tu puerta

con toques de claridad.

       También en el amplio cielo

de tu existencia alborea

y la esperanza gorjea

su dulce y suave canción,

y es que asoma muellemente

bella, sutil e indecisa

la deslumbrante sonrisa

con que te brinda el amor.

       Vive, vive muchos años,

vive feliz el presente;

que no se cubra tu frente

con el velo del dolor.[2]  

Después de 1917, el gobierno constitucionalista reconoció los afanes de las profesoras teloloapenses con un nombramiento oficial, para que continuaran con su trabajo en aras de la niñez, aunque no les prometieron un pago fijo o estable en tanto no se recuperaran las arcas de la nación, lo que no ocurrió hasta un lustro después.

       Las décadas de 1920 y 1930 son de periplo por varios pueblos de Guerrero: Ixcapuzalco, Acatempan, Atlixtac, Coatepec Costales, Apatzingán, y de nuevo Teloloapan. En todos ellos implementó un concepto y una postura de vida que tenía mucho que ver con su desilusión por los resultados revolucionarios: mayor riqueza para unos cuantos, robos, saqueos, y ambiciosos que se aprovechaban de la ignorancia de los campesinos y los proletarios.

       ¿Qué hacer ante ello? Luchar en forma permanente para y por la libertad, enaltecer siempre la dignidad y el amor propio de los campesinos, vincular en la conciencia y en la lucha a los obreros. Con base en ello escribió una obra de teatro con el título de Redención proletaria, con la cual recorrió buena parte del estado de Guerrero. Hacía ahí un llamado a la unión de los trabajadores y de los pobres, vínculo que debían fortalecer mediante la educación como elemento único que les permitiría adquirir conciencia sobre su ser y su estar en el mundo. Además, con esa idea fundó también escuelas para niños de escasos recursos, con la convicción de que una cosa era la pobreza económica, y otra mucho más lamentable la pobreza cultural. Combatir la primera implicaba un acto de derecho; combatir la segunda era un acto de justicia.

       He aquí lo que escribió y dijo al respecto en el pueblo de Pachivia en la medianía de los años treinta, durante los festejos patrios del mes de septiembre:

Señores y señoras del pueblo de Pachivia. Compañeros:

Con cuánto alborozo los mexicanos nos hemos agrupado ante el altar de la Patria para celebrar el aniversario del Grito de Independencia, que allá en el centro del país en humilde pueblo lanzara un anciano nobilísimo en cuyo corazón ardía amor acendrado por los indios sufridos y cuya fortaleza de ánimo le puso al frente de esa lucha arriesgada y desigual, del débil contra el fuerte; del indio esclavizado contra el ibero déspota, poderoso usurpador de la nacionalidad indiana.

       Sabemos bien que este anciano de mirada dulce y paternal, conscientemente inició la lucha que desbrozaría esa dominación opresora por más de tres siglos y su obra y su sacrificio son grandes y nobles.

       Si a costa de cruentas luchas, de vidas y de sangre Hidalgo y sus compañeros se lanzaron contra el poderoso opresor; en la actualidad ese mismo pueblo que le acompañó en sus triunfos y que a veces vencedor y otras vencido ayudó a consumar la Independencia, que arrancó los cimientos de pesada dictadura y que engañado y sufrido siempre en manos de políticos, capitalistas y clericales ha arrastrado una vida de humillación y de miseria, se agita y conmueve, se agrupa y organiza también en torno a un ideal que llegará a realizar. Su avance será lento; poco a poco irá haciéndose conciencia para definir el puesto que debe ocupar en la historia del mundo y aquí, a este afortunado Pachivia llega esa voz, ese grito de renovación a que debemos aspirar todos los ignorantes, los pobres y los oprimidos. En fraternal unión desterremos la ignorancia, los vicios y el fanatismo; adquiramos conocimientos y prácticas en el taller, en el campo y en la escuela y mejoremos nuestra condición.

       Compañeros maestros: os invito a colocarnos en el lugar que actualmente nos corresponde como encauzadores del pueblo trabajador.

       Maestros misioneros: no sé expresar mis sentimientos al contar con vuestra presencia en este día de justas solemnidades y remembranzas; vosotros que lleváis a regiones apartadas la voz de renovación, las nuevas orientaciones socialistas que mejoren nuestra difícil situación, recoged la protesta sincera que hacemos por la ignominiosa situación en que el régimen burgués ha colocado al trabajador, al maestro; exigimos vuestra ciencia para ayudar a los proletarios a mejorarse y mejorar al mismo tiempo nuestra difícil situación con el fin de llegar a obtener en no lejano día el triunfo verdadero del pueblo feliz que tanto amara el Padre de la Patria.

                                                                 Pachivia, septiembre 14 de 1935.

                                                                                      Rúbrica.[3]

Esta lúcida profesora rural falleció el 14 de marzo de 1989, a las 11 horas con 10 minutos de la mañana. Tenía de vida 100 años, 9 meses, 14 días. Murió como vivió: en plena plática, educando, según su médico de cabecera, amigo y vecino, el doctor José Fernández Bravo.

María Teresa Escobar Rohde

Su clase iniciaba a las siete de la noche, todos los lunes de dos semestres: Historia comparada de las religiones. Eran mis tiempos de la licenciatura en Historia, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, del año 1981 al 1985.

—–No puede estar aquí, ni su amigo, porque no acepto alumnos que no hayan hecho mi curso de Protohistoria, o por lo menos el de Mito y religión grecorromanos.

       Era mentira a medias, por supuesto. No le gustaban los curiosos, y sí los interesados del tema, pero de ahí a prohibir la presencia de alguien nada más por no llevar sus otras materias, no era válido. Además, sólo estábamos con ella cuatro personas, dos con el requisito y dos sin él: mi amigo Pallares y yo. No discutí en lo absoluto, aunque sí le pedí que nos dejara probar si éramos capaces de estar en su clase.

—–¿Es vocero también? … Usted va a realizar un examen sobre todo mi curso de historia antigua. Si lo pasa, se quedan; si lo reprueba, se van.

       Valga la soberbia, he de decir que siempre me han gustado los temas de Ur, Bagdad, Tebas, Luxor, Gizeh, Minos, Creta, Babilonia, Nínive, Petra y demás, de los que no era mal lector, al grado por ejemplo de que desde la secundaria ya había leído la novela Sinuhé el egipcio, escrita por Mika Waltari. ¡Vaya que me ayudó eso, por feliz circunstancia! Resulta entonces que pasé la prueba y nos quedamos a gozar de la maestra, tanto, que durante un año fuimos los alumnos infaltables, y después yo seguí con ella como oyente en sus otros cursos. Oyente no de palo, de acuerdo a lo que exigía la doctora.

       La maestra Rohde no era modesta. Aseguró sin cortapisas que su obligación no era darnos datos y más datos que demostraran su sapiencia, y sí la de enseñarnos a pensar, aprender a pensar y analizar, cosa nada. Después de eso, era asunto menor el que dijera con orgullo que tenía lazos de sangre con Cecil J. Rhodes, el inglés empresario y colonizador de Sudáfrica.  

       En ocasiones me llevó hasta la Facultad, cuando nos encontrábamos por la calle y teníamos ese mismo rumbo. En su coche azul de la económica marca alemana, me enteré que fue actriz de doblaje durante muchos años, dándole voz en español a la protagonista de Alicia en el país de las maravillas, así como a Wendy en Peter Pan, por referir algunos de sus personajes femeninos. También comentó que el periodista Tomás Perrín no era su padre biológico, y que fue la alumna consentida de don Pablo Martínez del Río, con quien se paseaba del brazo por los pasillos de la Facultad, aprendiendo siempre sobre la arqueología del mundo antiguo y sobre los orígenes americanos.

       Sin duda tenía una voz espléndida, misma que compartía de manera generosa. En cierta ocasión nos invitó a escucharla en un concierto gratuito en el Hospital Darío Fernández, y ¡vaya deleite para los asistentes! Cantó en hebreo, árabe, inglés, francés, español, acompañándose a sí misma en el piano. Sin embargo esta mujer comprometida y solidaria tenía un pesar permanente: la temprana ausencia de su hijo Miguel Germánico, escritor que antes de morir en plena adolescencia probó las mieles de la buena crítica en una obra teatral que había dedicado a Eva Perón. Su primer nombre era un reconocimiento al creador finés Mika Waltari: Mika-Miguel, con quien la doctora tuvo una estrecha comunicación epistolar.

       En lo académico, con ella aprendí no sólo lo relacionado con la teoría de las religiones, mito, rito, magia, totemismo, dendolatría, sino también las implicaciones del materialismo histórico. De hecho, ni mis profesores marxistas me enseñaron tanto del tema como lo hizo ella. En su opinión, el problema de la mayoría de los llamados intelectuales de izquierda en México y en el resto de América Latina, es que sus conceptos sobre el tema se basaban únicamente en el libro de Marta Harnecker: Los conceptos elementales del materialismo histórico. Argüía que una de las excepciones era Enrique Dussel, filósofo argentino ligado a la Teología de la Liberación. Qué tan mal se entendía el materialismo –afirmaba-, que muchos daban por verdad inobjetable la aseveración de que la religión era el opio de los pueblos, dejando de lado su factor de cohesión, aparte de que olvidaban analizar el hecho de que Marx no era ateo, pero sí antifetichista.

       La doctora Rohde no escribió mucho, prefirió dedicarse más a enseñar, a promover la historia como una práctica de vida, como un afán de conocimiento para entender y definir lo humano. Así lo hizo en sus clases, en sus conferencias y en su charla cotidiana. Para quien se entretiene en la pesquisa, algo encontrará de ella en libros y revistas de la Universidad Nacional Autónoma de México, el Instituto Nacional de Antropología e Historia, la Universidad Autónoma Metropolitana, etcétera; y también está su obra Tiempo sagrado, tesis doctoral que le publicaría en 1990 la editorial Planeta, texto en el que abordó los orígenes de muchas de las fiestas religiosas y profanas que nos definen: Año Nuevo, San Valentín, Carnaval, Semana Santa, Pascua, fiestas de fertilidad en mayo, Hallowe’en, Navidad, por referir algunos.

       La maestra Rohde murió en el año 1992, a los 59 años de edad. Le encantaba que sus alumnos la cuestionaran, y sobre todo que no se dejaran engañar por las llamadas luminarias de la intelectualidad que denostaban la existencia y presencia de mitos antiguos, pero que fungían como sostén y razón del mito moderno del progreso. Ella lo sabía bien, no en balde se recibió con honores en la UNAM, aparte de que estudió de manera brillante en Harvard.

Ernesto Lemoine Villicaña

Fue uno de mis maestros de posgrado. El 8 de noviembre de 1991 referí de él lo siguiente:

Ernesto Lemoine tiene dos características principales: es un crítico implacable que no acepta ni la falta de una “coma”, y es una biblioteca pública, en el mejor sentido de la palabra. Se dice que su especialidad es el siglo XIX, sobre todo el movimiento de Independencia, pero en realidad posee una cultura “universal”. Lo mismo habla de Morelos que de la baja mundial en los precios de la copra; de la arqueología mexicana y de la situación soviética, que de los toros en México y en España durante los reinados de Felipe II, Carlos III, Juan Carlos de Borbón, es decir de fulano, zutano o perengano. Por si fuera poco, no muestra ningún inconveniente en prestar libros raros, únicos o difíciles de conseguir por nosotros sus alumnos, aunque sí nos pone dos requisitos extraordinarios: que sea uno cuidadoso en el trato con el libro, y que devolvamos el material facilitado, mismo que seguramente compró en alguna de sus innumerables visitas a las librerías de viejo de esta antigua ciudad de los palacios. Además, este ameno, ilustre y sabio personaje tiene por esposa a una mujer inteligente, dedicada al mismo oficio y buena gente, como dicen en mi tierra.

Su seminario era de 5 de la tarde a nueve de la noche, día miércoles. Él estaba en el salón media hora antes del inicio de la clase, y salíamos hasta que nos corrían. Me mantuve con él hasta su muerte en diciembre de 1993, periodo donde no faltaron las largas tertulias en su casa, ni las comidas o cenas en el Raffaello, sito en aquellos tiempos en Insurgentes Sur, restaurante donde lo trataban a cuerpo de rey, sea en los alimentos, sea en las bebidas.

       Abrazó la hermosa vida el 30 de abril de 1927 en México capital, en una familia media en lo económico donde la madre le fomentó el estudio de la Historia, ciencia ésta que después se convertiría en su área de trabajo, con una pasión especial hacia la Guerra de Independencia de la América Mexicana de 1810-1821. Le fascinaba también la geografía histórica, así como múltiples temas concernientes al siglo XIX: República restaurada, porfiriato, invasión norteamericana de 1847, por mencionar parte de ellos. De hecho todo le interesaba, tal y como se podía comprobar en su biblioteca, espacio en el cual incluso hizo patente su emoción y gusto por Marilyn Monroe.

       En 1950 publicó su primer libro: Crónica de la ocupación de México por el ejército de los Estados Unidos, texto que fue su tesis de maestría en Historia por la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM. De ahí seguirían alrededor de ciento veinte impresos más, entre artículos y libros. La figura de José María Teclo Morelos y Pavón fue fundamental en sus investigaciones, destacando las obras Morelos. Su vida revolucionaria a través de sus escritos y de otros testimonios de la época, México, UNAM, 1965; y Morelos y la Revolución de 1810, México, Gobierno del Estado de Michoacán, 1979; trabajos ambos que cuentan con varias reediciones.

       A este maestro y amigo entrañable no le gustaba el drama, de manera que no valían pretextos ni justificaciones ante cualquier falla o error académico. De igual manera no transigía en la defensa de sus posturas y conceptos:

La historia como ciencia no admite fallas. El hecho histórico es único, aunque la interpretación cambie. Nuestra fuente es el archivo, nuestra arma es el documento; esto es el fundamento y fin de nuestro trabajo. El gabinete es sólo un medio. No se puede ser historiador de escritorio. No se puede hacer interpretación de otra interpretación. Tenemos que ir a las fuentes primarias, tenemos que oler el polvo antiguo si queremos trascender en el oficio.

En mi caso, con él empecé a estudiar al insurgente Vicente Guerrero con una premisa sin discusión: respetar el contexto del personaje, sin endilgarle frases ni análisis con lenguaje diferente, sin cambiar palabras como pueblo por “inconsciente colectivo”, patria y nación por “democracia”, tirano por dictador, Virreinato por Colonia, libertad por imperio de la ley, etcétera.

       El sábado 4 de diciembre de 1993 estuvimos en su casa: el maestro, su esposa Guillermina, Arturo Delgado y yo. Tenía problemas respiratorios, pero incluso así no quiso que dejáramos de tomar la cerveza helada (Bohemia tipo Viena), ni nuestra copa de coñac. Gustoso también del Martini seco, don Ernesto se iría el domingo inmediato junto con Juan Brom a una reunión de historiadores en Jiquilpan, Michoacán, evento del que volvería para ya no recuperarse. Falleció el jueves 9 de dichos mes y año.

Andrea Cecilia Sánchez Quintanar

La niña Andrea, docencia e historia futuras.

Llegó al mundo en septiembre de 1942, siendo parte de un ambiente gustosamente escénico y docente. Lo primero, porque sus abuelos paternos –Gabriel e Isaura- promovieron el teatro en Teloloapan, Guerrero, mientras que dos de sus tíos y un amigo de ellos conformaron un trío musical de fama: Los Cancioneros del Sur. Lo segundo, porque sus padres Elvira y Modesto fueron profesores de educación básica, aunque él alcanzaría altos vuelos dentro del área de la Normal de Maestros, donde su postura crítica le valió la enemistad de la alta burocracia y del gobierno hasta que lo obligaron a jubilarse; en cambio gozó de la cercanía de diversas personas que serían a su vez guías y amigos de Andrea: Alfonso Teja Zabre, José Mancisidor, Génaro Vázquez Rojas, Lucio Cabañas Barrientos, Othón Salazar, por mencionar a los más allegados.

       En lo personal, don Modesto se había comprometido conmigo para que hiciéramos su historia de vida; nos ganó la muerte. Sin embargo en la primera y única plática que sostuvimos al efecto, hizo patente que los políticos del México posterior a la Revolución eran excluyentes en todos sentidos, excepción hecha de don Lázaro Cárdenas; aparte de que le molestaba en lo intelectual que ciertos supuestos guardianes de la cultura mexicana promocionaran en demasía el libro El laberinto de la soledad, dejando de lado otro que sí era obra seria y lúcida: El perfil del hombre y la cultura en México. Argüía que en aquél, Octavio Paz hacía no el análisis y sí la burla de lo mexicano, basado más en la emoción que en la razón y el estudio. Por su parte, el filósofo Samuel Ramos efectuaba lo contrario, ofreciéndonos un retrato desde el cual se podía trazar la pauta de lo que nos permitiría definir como nación en el esquema mundo.

       En la Facultad, la maestra Andrea nos dio Didáctica de la Historia, materia a cursar en dos semestres. Alumna, colega fraterna y ayudante directa de Wenceslao Roces Suárez; amiga y seguidora fiel de Ernesto de la Torre Villar; apoyo sin par de Alfonso García Ruiz; oídos críticos de Edmundo O’Gorman; colaboradora solidaria de Eugenia Walerstein Meyer; la antigua participante del grupo rebelde universitario Miguel Hernández –allá por 1967-1969-, nos enseñó a entender cuál era la importancia tanto de la educación como de la historia.     

       Supe así que la educación era un proceso esencialmente humano, y por ende vital, social, cambiante y complejo, cuyo propósito consistía en enseñar, aprender, aprehender, transmitir, proyectar, difundir, orientar, liberar, descubrir, apoyar y pensar un conjunto de conocimientos, valores, habilidades, aptitudes, ideas, actitudes, nociones y emociones. ¿Y para qué esto? Para algo extraordinario: vivir la vida no en un plano meramente biológico, y sí vivirla humanamente, hecho que sin duda ampliaría nuestras posibilidades de elección y de decisión en lo individual y en lo colectivo.

       Decía en sus notas y apuntes, que en 2002 se convirtieron en el libro Reencuentro con la Historia. Teoría y praxis de su enseñanza en México (UNAM-Facultad de Filosofía y Letras, Colección Paideia):

La educación debe permitir al individuo, en primer lugar, conocer su entorno para identificar su propia ubicación dentro de él; en seguida analizarlo, para valorarlo y posibilitar su acción consciente y al mismo tiempo, desarrollar sus capacidades de respuesta, para ampliar lo más posible su campo de acción, superando las limitaciones de la realidad natural por medio de la ciencia y la técnica, y modificando y superando las limitaciones de la realidad social –humana- por la evolución y la revolución.

En lo que corresponde a la historia, hacía énfasis en que es una ciencia social que nos permite adquirir conciencia de nuestra propia identidad; identidad cuyo sustento está en un pasado en el que se integran los procesos individuales y los colectivos. Con base semejante, la función del historiador consiste en tratar de aclarar por sí mismo y para los demás el propósito y significado de las actividades humanas, de los hechos humanos, en el entendido de que el hombre es el ser de la autognosis, es decir, el único que se conoce a sí mismo, que se piensa a sí mismo, que reflexiona sobre sí mismo, con el afán de saber en qué se parece a los otros, y de qué manera se diferencia con estos otros. Con semejantes condiciones, ¿cuál es el punto de unión entre la historia y la educación? Sencillo: involucran una actitud vital, transforman vidas mediante la enseñanza.

       La enseñanza da sentido a nuestro quehacer, pues si la historia y la educación no se difunden, si no se muestran, entonces no cumplen con su función social; si no se muestran en la otredad, no se pasa del yo al nosotros. En suma, la historia y la educación forman parte de un proceso cuyo objetivo fundamental es el de generar conciencia no sólo del ser biológico, sino también y más importante, conciencia del ser social.

       Afirmaba la maestra Sánchez Quintanar que dicha conciencia social no era aquella que nos hacía dilucidar sobre el bien y el mal, sobre lo correcto y lo incorrecto, y sí aquella que nos ayudaba a percibir un conjunto de nociones sobre nosotros mismos y el mundo en el cual nos desenvolvemos, condicionando nuestra actuación. Esta conciencia se constituía con los siguientes elementos, apuntó:

  1. La noción de que todo presente tiene su origen en el pasado.
  2. La certeza de que las sociedades no son estáticas, sino mutables y, por tanto, cambian, se transforman, constante y permanentemente, por mecanismos intrínsecos a ellas, e independientemente de la voluntad de los individuos que las conforman.
  3. La noción de que, en esa transformación, los procesos pasados constituyen las condiciones del presente.
  4. La convicción de que yo –cada quien-, como parte de la sociedad, formo parte del proceso de transformación y por tanto, el pasado me constituye, forma parte de mí, hace que yo –mi ser social-, sea como es.
  5. La percepción de que el presente es el pasado del futuro, que yo me encuentro inmerso en todo ello y, por lo tanto, soy parcialmente responsable de la construcción de ese futuro.
  6. Finalmente, la certeza de que formo parte del movimiento histórico y puedo, si quiero, tomar posición respecto de éste; es decir, puedo participar, de manera consciente, en la transformación de la sociedad.

Conciencia es, pues, reflexión, pero reflexión no sólo respecto a nuestros actos biológicos: respirar, comer, dormir, reproducirnos y otros etcéteras más. Conciencia es reflexión sobre nuestro por qué y para qué. ¿Qué hacemos? ¿Por qué lo hacemos? ¿Quién soy? ¿Por qué soy? ¿Qué soy más allá de esta apariencia física? ¿En qué me parezco a los demás? ¿Qué tengo de diferente respecto a los demás?

       Concluía Andrea que la identidad no era cuestión sólo de geografía física, ya que atañía más a los ámbitos sociales pues, como decía el británico Edward Hallett Carr en 1951, los hombres emergían en la Historia sólo cuando se captaban a sí mismos como poseedores de un pasado, utilizando los logros de éste para realizaciones futuras. Aclararía a su vez que esto no implicaba una receta para transformar el futuro –cosa imposible-, pero sí para entender su transformación y participar en ella con conciencia, lo que a su vez le daba sentido.

       Esta magnífica maestra murió el 16 de julio de 2010, dejando su colección de ranas como símbolo de su liga con un pasado concreto que admiraba: el de la familia que construyeron sus abuelos paternos. En Teloloapan, a los seis niños Sánchez Vázquez se les reconocía como los ranos, toda vez que don Gabriel se los llevaba todos los días al río inmediato, para que se bañaran y se divirtieran ahí.

Las cuatro personas señaladas están de hecho y de derecho –como dice la voz común-, pero no dejo de lado mi relación con algunas más como Gloria Villegas Moreno, extraordinaria jefa y colega; Alfredo López Austin, sabio investigador del México prehispánico, aparte de serio, respetuoso y comprometido con nuestras comunidades originarias; José Rubén Romero, práctico y de palabra precisa en las pesquisas históricas; Luis Capurro Filograsso, guardamarina argentino, oceanógrafo y consciente divulgador de una ciencia biológica comprometida con la preservación de la naturaleza. Vaya mi agradecimiento para todos ellos.


[1] Jesús Guzmán Urióstegui, Evila Franco Nájera, a pesar del olvido, México, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, 1995, pp. 44-45. (Premio Salvador Azuela, categoría Testimonio, 1994).

[2] Ibid, p. 52.

[3] Ibid, pp. 79-80.

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